Posteado por: fernando2008 | 8 octubre 2010

Mario Vargas Llosa. La fiesta del chivo

¿Qué es el oportunismo? Pues es, en este caso, hacer hoy una reseña de un libro que leí el día cuatro de febrero de 2001. No voy, por lo tanto, a presumir que he leído hoy esta novela de Vargas Llosas. Voy a presumir de las fichas que hago a cada libro que leo.

“La fiesta del chivo” es la estremecedora historia sobre el Santo Domingo de Rafael Leónidas Trujillo Molina, dictador que acaparó todos los títulos y casi todo el dinero del país y lo entregó a sus familiares. Además, acaparaba la belleza. Casadas o solteras no había mujer a salvo de él. Y, para mayor recochineo, divulgaba los encantos de sus “conquistas” públicamente. Incluso delante de los maridos, los cuales se veían obligados a reírle la gracia.

Mario Vargas Llosas siempre ha dicho que este libro era una novela. Que se ciñe a los rasgos fundamentales de la historia, pero permitiéndose libertades. Una de ellas es la creación de la familia Cabral, pues la historia de la dictadura y del complot para asesinar al “Chivo” se entremezcla con la historia de Urania, la hija de 14 años de un ministro de Trujillo a la que su padre entrega al dictador. Cuando vuelve al cabo de 30 años encuentra a su padre paralítico y le hace unas espeluznantes preguntas sobre su papel en la violación. Esta historia permite ver la dictadura desde dos puntos de vista: en el momento del asesinato, mayo de 1961, y treinta años más tarde, en 1996.

En realidad, no son dos puntos de vista, sino tres. El primero es el de Urania Cabral, la cual vuelve a la República Dominicana, tras una larga ausencia, para visitar a su padre enfermo. El segundo es el relato del último día en la vida de Trujillo desde el momento en que se despierta. Hay pinceladas magistrales, como la del director de la radio que adelanta la hora del boletín informativo para que el dictador pueda oírlo nada más despertar. El tercer punto de vista es el de los asesinos de Trujillo, mientras esperan el coche del Presidente, coche que esa noche se retrasa.

Se muestra a los lectores la putrefacción del  régimen, putrefacción que llega a situaciones que si no fueran trágicas serían ridículas. El médico del dictador le recomienda pasear y todo aquel que se cree algo en “Ciudad Trujillo” procura unirse a la higiénica comitiva. Como Trujillo sufre incontinencia urinaria, uno de sus guardaespaldas está siempre al quite para disimularlo. Dejando caer, por ejemplo, un plato de sopa sobre los pantalones del dictador.

Aparte de el buen hacer literario de nuestro flamante premio Nobel de Literatura, recuerdo que la novela me impactó por una idea que nunca será lo suficientemente repetida: el poder corrompe; y el poder absoluto, corrompe absolutamente. Las brutalidades del dictador y las payasadas de sus hijos no tienen el necesario contrapeso en la sociedad dominicana. Hasta una persona tan serie y estirada como la del futuro presidente Joaquín Balaguer se doblegaba. Bien es verdad que no le quedaba más remedio porque aunque los barcos de los Estados Unidos patrullaban las costas dominicanas, tenían  buen cuidado de hacerlo fuera del alcance de la vista de los dominicanos. Y eso Balaguer lo sabía.

Quiero finalizar esta entrada con una magistral frase del George Bernard Shaw, el más ingenioso de los ingleses ingeniosos. Esta frase la he recordado al escribir sobre Trujillo, pero se puede aplicar a casi todos los políticos: “Los políticos y los pañales deben cambiarse con frecuencia ambos, y por la misma razón”.

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Responses

  1. A mi también me impacto esa novela en su día.

    Y tienes razón con la frase de George Bernard Shaw, es magistral y debería constar como norma con rango constitucional esa inteligente y sabia frase. Sin dudarlo.

    Lo que ocurre es que como el poder corrompe, jamás se reconocerá que hay que cambiar el “pañal”.

    😉

  2. Yo tengo una frase tan lapidaria como ésa. “El poder no corrompe. Atrae a los corruptibles”. Hay gente que está en el poder y no se corrompe. Por poner un ejemplo, Emiliano Zapata. U otro, mal que nos pese, el mulá Omar. Pero siempre hay corruptibles que son atraídos por el poder. Esos eran corruptos antes de detentarlo.


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