Posteado por: fernando2008 | 3 octubre 2010

Michael Emis. La duquesa de Milán.

El hombre propone, Dios dispone, y azar todo lo descompone. Cuando más enfrascado estaba en Qumrán, otro libro llamó mi atención. Lo he devorado hoy y me ha parecido tan interesante y tan de actualidad que deseo compartirlo con vosotros.

“La duquesa de Milán” es un soberbio friso de la última mitad del siglo XV en Italia. Como cada vez odio más hacer un resumen del argumento, sintetizaré dicho resumen en unas pocas líneas. Felipe María Visconti, duque de Milán muere sin herederos. Sólo tiene una hija ilegítima, Blanca María Visconti, la cual está casada con el condotiero Francisco Sforza. A la muerte de Francisco le sucederá Galeazo María Sforza, duque de Milán hasta que es asesinado. Su hijo Gian Galeazzo Sforza le sucede como duque de Milán, solamente de nombre, porque es una auténtica nulidad. Su mayor habilidad es hacer que su caballo realice impecables ejercicios ecuestres. Todo el peso del gobierno descansa sobre los hombros de su tío Ludovico Sforza “El Moro”. El duque se divierte mientras “el Moro” tiene que luchar contra toda Italia, contra Francia que le invade y asegurarse la amistad del emperador Maximiliano. Al final, el Moro cae, perdiendo sus estados y el amor de su mujer.

Bueno, más escueto no se puede ser. Me quedan en el tintero un gran número de personajes, como por ejemplo Carlos VIII de Francia, el rey idiota y deforme que se creía un paladín de las cruzadas y entró en Italia en busca de gloria y tuvo que salir empujado por el odio de los italianos y la sífilis. La sífilis que tendrá tres nombres en esta época: mal francés, mal italiano o mal español. Se aplicaba cada uno de ellos en función de la nacionalidad del que hablara.

Y están las dos grandes figuras femeninas: Beatriz de Este, esposa a la fuerza de Ludovico Sforza, dama renacentista de impecable gusto a la que debemos, entre otros monumentos, Santa María de las Gracias. Beatriz  no comprende en absoluto a su marido. Según el novelista, la duquesa llega a amar a Ludovico. Es una afirmación un tanto arriesgada; el amor no deja restos materiales en la historia y para mí Beatriz de Este libró toda su vida una lucha agónica con Isabel de Nápoles, legítima esposa del legítimo duque de Milán.

Acabo de escribir “legítimo” y me doy cuenta de lo engañosa que puede ser esta palabra. Si nos remontamos lo suficiente, vemos que la legitimidad en esta época es un bien muy escaso. El primero de los Visconti, Otón, era un arzobispo, que se levantó en armas contra su señor temporal, Martino della Torre, también de dudosa legitimidad. Pero lo curioso del caso es ver como los Sforza, que han llegado al poder por medios poco legítimos, se aferren a la idea de que Gian Galeazo es el legítimo duque. El propio Gian recibe todos los honores ducales, se sabe absolutamente incapaz de gobernar, comprende que su tío Ludovico lo hace muy bien (y lo mismo lo sabe la esposa de Gian, Isabel, así como todos los ciudadanos de Milán) y sin embargo reniega contra esa tutela impuesta por el sentido común. Cuando Gian muere, y estoy seguro que muere de enfermedad, Isabel lanza el rumor de que ha sido envenenado. Y hay cortesanos que dan por bueno dicho rumor, sabiendo perfectamente que es falso. Saben además que Milán está en el centro de una vasta partida de poder, que está rodeado de enemigos y que sólo un genio como el Moro puede llevar dicha partida con posibilidades de triunfar en ella. Los dioses ciegan primero a quienes quieren perder. Efectivamente; pero los ciegan siempre con la misma venda: la de la ambición, a través de la cual ninguna consideración sensata se puede abrir paso.

El resultado es el que cabría esperar. Si bien Ludovico es apartado del poder y muere en prisión, Milán se convertirá en el juguete de las grandes potencias y la vida de los milaneses no mejora precisamente. Ni para el pueblo, ni para los aristócratas que han propiciado la caída de el Moro. Mucho tiempo después, Milán inspirará Carlos V una frase humorística, frase que el flamenco en verdad no prodigaba: “Mi primo Francisco y yo estamos totalmente de acuerdo: los dos queremos Milán”.

Y entre estos enfrentamientos se desarrolla la novela: el enfrentamiento entre Beatriz e Isabel, el enfrentamiento entre el inútil de Gian y el eficientísimo Moro. Y el enfrentamiento entre Milán y el resto del mundo. A veces una colectividad que se ve abocada a la guerra, pierde el tiempo luchando para ver qué persona gestionará su futuro y, en este caso, gestionará su derrota.

¿Y dónde – diréis vosotros –  está la actualidad de esta novela? Pues sí. Es una novela muy actual. Hoy tres de noviembre se han desarrollado en Madrid unas elecciones primarias en el seno del PSOE para decidir el candidato que deberá enfrentarse a Esperanza Aguirre en las próximas elecciones. Dos figuras enfrentadas, dos maneras de entender la política y, sobre todo, dos grupos detrás de esas dos figuras. Un grupo al que podríamos llamar “las viejas glorias” y otro, compuesto por las actuales figuras de peso en el socialismo español, se enfrentan mediante personas interpuestas. Y el grupo de las viejas glorias, es decir Tomás Gómez acaba de ganar las primarias. Tomás Gómez será el encargado de gestionar la derrota.

¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas”.

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