Posteado por: fernando2008 | 17 septiembre 2010

Ginebra, la ciudad calvinista.

De Barcelona a Ginebra en una sentada. No hablaré de los paisajes, porque éstos merecen una entrada entera. Sólo diré que atravesamos toda Francia, como el carro de los dioses, y al atardecer llegamos a la frontera suiza.

Primer impresión: Suiza es un país rico, pero sus policías están vestidos como obreros industriales de medio pelo. En cambio Italia, más pobre que Suiza, viste a sus “Carabinieri” como mariscales de campo. No soy psicólogo, pero apunto una explicación: los italianos, contrarios al poder por naturaleza y siempre dispuestos a crear poderes paralelos, deben ver la majestad en la personificación de ese poder. Los suizos, disciplinados por naturaleza, no necesitan tantos oropeles. Cuando llegamos al hotel, a varias estaciones de metro del centro, el conserje nos regaló un billete. Dicho billete nos permitía montar en metro todas las veces que quisiéramos… durante las fechas que nosotros mismos debíamos poner. Siempre me preguntaré qué hubiese ocurrido si yo hubiese dado a ese billete la duración de un mes. En el medio día que estuvimos en Ginebra nadie, en un metro sin puertas y sin controles, nos pidió el billete autolimitado. Pero estoy seguro que todos y cada uno de los viajeros, llevaban el suyo.

Ginebra es una ciudad elegante, sobria y seria. Como el ejecutivo con su traje gris marengo y su Rolex que se sentó a mi lado. No vi estridencias de mal gusto. Ni siquiera el chorro de agua del lago Lemán estaba funcionando. La única que vi fue un Cadillac aparcado en la calle. Pero hasta este ostentoso coche procuraba atenuar sus cromados.

A pocos metros del embarcadero del lago Lemán, lugar del asesinato de la infortunada Sissí, está el monumento a Ginebra y Helvecia, del escultor Robert Drier. Las orondas matronas representan a la Confederación Helvética; pero el anuncio que está detrás  es casi tan representativo de Suiza como las estatuas. O como el reloj de flores. Estos suizos, hacen relojes con cualquier cosa.

La Ginebra que percibí, no era la ciudad de los bancos, ni siquiera la de los organismos internacionales. Yo percibí la ciudad calvinista, rígida, trabajadora y austera como el predicador que le da nombre. Ni una voz, ni un papel en el suelo. Incluso  los innumerables extranjeros que deambulaban por la ciudad, parecían  haberse contagiado de esta seriedad. O estaban demasiado cansados para sonreír. Nosotros, con el mejor espíritu del sol de Breda decidimos ganar la batalla a la ciudad, cenando a la hora española. Lo conseguimos, pero a consta de sufrir las venenosas miradas de los camareros.

La catedral de San Pedro, el lugar donde Calvino predicó incansablemente nos acogió después de la cena a la hora española. No he intentado ninguna virguería fotográfica; es que la obscuridad me impidió hacer una foto mejor. Esta fachada es muy posterior a Calvino, pero tiene su misma seriedad. Esperando el metro en esas estaciones abiertas que tanto me asombraron, encontré una fuente con unos relieves en bronce. Es el relieve que encabeza esta entrada. La figura de Calvino omnipresente. No quiero cantar las alabanzas de este reformador; me limitaré a copiar una frase de su doctrina, frase que me interesa especialmente: “Que los niños fuesen catequizados por sus padres, y que en ciertas ocasiones del año comparecieran ante los pastores para asegurarse de que realmente estaban aprendiendo la Palabra de Dios”. ¡Qué envidia!

Ginebra puede ser también una ciudad guerrera que defiende su forma de vida. El Arsenal, ahora Archivo Estatal, nos habla del valor flemático de los soldados suizos, que mueren, pero no se rinden. Pero me estoy pasando a Lucerna. Estos cañones defendieron realmente a Ginebra en el pasado. Afortunadamente para mí, el Arsenal estaba mejor iluminado que la catedral.

Una última pincelada. Cuando al día siguiente me desperté, me quedé asombrado al ver que mi habitación, perfectamente aislada y perfectamente climatizada, daba a la vía de un tren. Imaginad el cuadro: un suburbio de una ciudad y una vía de ferrocarril.  Ruido y suciedad. Pues no. Ni un ruido en toda la noche, ni basura a los lados de los raíles.

Y sin embargo, Ginebra está hecha por extranjeros.  Aunque existen ginebrinos célebres, como Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure, los que han dado a Ginebra el carácter que ahora tiene han sido los de fuera. Calvino, Voltaire y los miles de emigrantes, muchos de ellos españoles, que han ido allí a trabajar. Ginebra acoge a todos hospitalariamente. Esto lo sé por propia experiencia. Pero los marca con su impronta.

Unos días y unos miles de kilómetros después, me encontré con la estatua de otro emigrante que fue huyendo a Ginebra y en ella se quedó.

La estatua en cuestión está en Zaragoza.

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