Posteado por: fernando2008 | 4 septiembre 2010

Mary Renault. Alexias de Atenas.

A mi juicio, la novela histórica debe reunir dos características:

1ª Un perfecto conocimiento de la época sobre la que se novela. No sólo en cuanto a las personas y acontecimientos, sino incluso en cuanto al lenguaje. Todavía recuerdo una novela que leí en mi ya lejana juventud, en la cual se llamaba “coronel” a Aquiles y “general” a Agamenón. Los personajes deben estar incardinados en su momento histórico y emplear las palabras de ese momento. Si no, ya lo he repetido muchas veces, mejor será escribir “El señor de los anillos” que no tiene que ceñirse a esas exigencias.

2ª Que pasen cosas. Alguien dijo que “los pueblos felices no tienen historia”. Esto es algo discutible, pero me sirve para ejemplificar esta segunda característica. Una pareja que se enamora, se casa y vive feliz, no es el tema de una novela histórica. Los protagonistas de estas novelas deben estar “en el momento oportuno y en el lugar adecuado”. Deben estar en Actium, en las Termpilas, en Egospótamos… En el meollo del asunto, vamos. Aunque los historiadores sabemos, por ejemplo, que los romanos vivían felices en época de Nerón. Los crímenes y escándalos de este buen señor repercutían en el 1% de la población. El resto, vivía feliz a pesar de los incendios que periódicamente asolaban Roma, y la realidad es que a la muerte de Lucio Domicio, llevaron flores muchas veces a su tumba.

Este verano, gracias a mi amiga María José, he leído mucha novela histórica. Y todas de la mejor calidad. No quiero hacer propaganda de ninguna editorial, pero ya habéis visto las portadas de las que he ido reseñando. Es una colección que merece la pena.

Pero centrémonos en la novela de hoy. Si creyese, que no creo, en la reencarnación, o mejor en este caso, en la “metempsicosis”, creería que Mary Renault tiene un alma que se ha encarnado en algún griego del siglo IV a C.

Su argumento, a grandes rasgos es el siguiente. El  joven Alexias es un joven endeble al que su padre quiso abandonar cuando nació, pero por los azares de la guerra, la del Peloponeso, no lo hizo. Cuando se  convierte en un joven está en el momento adecuado. El poderío de Atenas está menguando, los espartanos saquean regularmente el Ática. Pericles ha muerto y las Victorias aladas han volado de los frontones de los templos de la Acrópolis. Asiste horrorizado a la profanación de los Hermes, dando a entender que fue Alcibíades en una de sus borracheras el que la realizó. Pero es evidente que un hombre sólo, por muy borracho que esté y por muy Alcibíades que sea, no puede acabar con todos los Hermes de Atenas. No va a Siracusa. Mary Renault es una escritora de primera clase y no se deja tentar por digresiones. Pero sí va el padre de Alexias, Mirón “el Hermoso”, el cual ha posado para una estatua de Apolo. (Este es un fallo de la novelista. Nadie posaba en Grecia para las estatuas, por lo menos hasta Alejandro Magno). Mirón se escapará de las Latomías y volverá destrozado en cuerpo y alma a Atenas para contar su odisea.

No voy a contar las aventuras de Alexias. Si os interesan es preferible que leáis la novela. La pluma de Mary Renault es muchísimo mejor que la mía. Sólo os diré que se va encontrando, evidentemente con los personajes del momento: Sócrates, viejo entrometido de cara de chivo, Platón, un señorito aristócrata un tanto facha y Alcibíades. Alcibíades el incalificable: si tuviese que compararlo con algo, lo compararía con un corcho. Alcibíades es el ateniense más ateniense de todos, pero eso no es óbice para que se convierta en el mejor espartano en Esparta y el persa más persa en Persia. Es una figura fascinante. Iba a decir irrepetible, pero mentiría. Conozco muchos políticos actuales que tienen a Alcibíades como guía y modelo. Es de todos conocidos que Alcibíades no creía en otra cosa que en Alcibíades y que, como dice la novelista un tanto exageradamente, inventó la demagogia. El problema que nuestros políticos actuales no le llegan a Alcibíades ni a las correas de la sandalia.

Hay otras figuras de una grandeza trágica como la de Fedón (Sí. El Fedón de los diálogos de Platón) y Lisias. Pero el gran personaje de la novela es Atenas, en el ocaso, cuando los últimos rayos del sol de su gloria inciden en la punta de la lanza de la estatua de Atenea Promacos, traducida magníficamente en la novela como la “Atenea de la Vanguardia”

Atenas se apaga en la batalla del “Río de la Cabra” (Quizás os suene más Egospótamos) y los hoplitas espartanos pasean por la Acrópolis mientras los vencidos atenienses destruyen los “Muros Largos” al son de las flautas tocadas por muchachas flautistas contratadas para la ocasión.

Y la novela da un salto al final, haciendo que la historia de Alexias sea encontrada por su nieto Alexias, filarca de la caballería ateniense, el cual la dedicará a “el divino Alejandro, rey de Macedonia, jefe supremo de todos los helenos”.

Pero eso es otra historia. O mejor, otra trilogía de Mary Renault.

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Responses

  1. Espléndido comentario, Maestro.

    Hablando de novela histórica, ¿qué te parece la obra de un conciudadano mío de Castellón, profesor de la Universidad Jaume I, Santiago Posteguillo, Africanus?

  2. ¡Se ha escado, Jomer! Ya he escrito sobre esa trilogía. Lo tienes en la sección de libros. Muy buena.

  3. Disculpa mi senil olvido, Maestro. 😉

  4. Vale, vale, Adso. Tampoco hay que flagelarse así.


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