Posteado por: fernando2008 | 27 julio 2010

Hubert Monteilhet. Nerópolis.

Pues resulta que sí hay algo nuevo bajo el sol. Incluso en un género tan trillado por mí, como es el de la novela histórica, a veces aparecen perlas que no conocía. Una de estas perlas es la que quiero compartir hoy con vosotros.

El protagonista de la historia es Kaeso, un buen chico. Su madre murió al nacer él y su padre, Marco, intenta, con éxito, disimular sus orígenes serviles, con todas las malas artes posibles. Tiene éxito y llega al Senado. Arruinado por una de las absurdas subastas de Calígula, vuelve a tener éxito con Claudio, ya que se casa con su sobrina, lo mismo que el emperador, y esta coincidencia lo catapulta a la actualidad entrando en el colegio de los hermanos Arvales. Pese a todos sus defectos, quiere a Kaeso.

La madrastra de Kaeso es Marcia, sobrina de Marco al que obliga a casarse con ella en un “matrimonio blanco” que Marco soporta muy mal. Bella y manipuladora, tiene muchos defectos, pero quiere a su hijastro. Ese amor es al principio maternal, pero, a medida que Kaeso se va haciendo mayor y más guapo, Marcia se convierte en una edición corregida y aumentada de Fedra. Kaeso ve con horror la pasión de su madrastra, se propone no caer en sus brazos y aprueba el hecho de que Marcia se líe con Silano, el hombre más rico de Roma, nieto de Augusto. Silano comienza su relación con Marcia haciendo que pose para la estatua del “Pudor Patricio”. Kaeso se cree a salvo del incesto, pero Silano no sólo aprueba indiferente la pasión de Marcia, sino que empieza a sentir él mismo amor por Kaeso y decide adoptarlo como hijo, lo cual lo convertiría en el heredero más rico de Roma. Padre, madrastra, y Silano están ilusionados con la adopción. Pero Kaeso está a su vez obsesionado con su virtud, y busca un pretexto para que no se lleve a cabo. Consulta a Séneca, un pedante malhumorado que siempre tiene prisa y no le aclara nada. Los epicúreos tampoco le sirven de ayuda. Un esclavo hindú es también interrogado por Kaeso. Posteriormente intentará hacerse judío y ante la imposibilidad de lograrlo, decide hacerse cristiano, para lo que recibe las enseñanzas de Pablo y del propio Pedro. Cuando anuncia que es cristiano, Marcia se suicida y Silano hace lo mismo.  El padre de Kaeso se arroja sobre su espada pero falla y una esclava que tiene, Selene,  intenta ayudarle y es acusada de asesinato. Kaeso está enamorado de esa esclava y decide salvarla del suplicio. Pero necesita dinero para los sobornos y planea conseguirlo haciéndose amante de Nerón. Sus escrúpulos morales aquí no le impiden actuar.

Selene, la esclava amada por Kaeso, ha sufrido de niña la ablación del clítoris, por lo que explica al hijo de su amo que para ella el sexo es una labor desagradable. Se lo explica a Kaeso por activa y por pasiva, pero nuestro protagonista hace oídos sordos. Es más, rescata a una niña de un burdel, Myra, la cual le explica también que prefiere vivir con Kaeso y hacer el amor con él, antes que volver al burdel. Kaeso tampoco entiende esto.

La historia continúa llena de peripecias hasta el desenlace que todos conocemos. Nerón, un artista atormentado por conseguir el cariño del pueblo, incendia Roma mediante su cómplice Tigelino, que no duda en quemar su maravillosa “domus” para avivar el incendio. Se busca un chivo expiatorio y se da con los cristianos.

Aquí hay que hacer un paréntesis para explicar la expresión “chivo expiatorio” el chivo que se suelta en el desierto cargado con los pecados de Israel. Cuando los hombres están separados de las mujeres, éstas se alivian con los chivos, mientras que los hombres lo hacen con las yeguas. Para los israelitas son las mujeres las únicas que pecan y además… ¡no se va a desperdiciar una yegua, con lo que cuestan! El chivo se convierte en expiatorio.

En la novela, es Séneca el que, en un brillante discurso, establece el “modus operandi” que se debe seguir con los cristianos. No se puede condenar a la religión cristiana. Cada uno tiene en Roma el derecho a pensar como quiera. Además, no se pueden expulsar a los cristianos de Roma, como antaño hizo Claudio con los filósofos extranjeros, porque los cristianos son romanos. Propone que se pida a todos los sospechosos que sacrifiquen a Roma y a Augusto. A los que se nieguen, se les condenará por un crimen de lesa majestad. ¿Hay algo más razonable y más legítimamente romano?

Tigelino justificará esta acción de una manera no menos brillante. Los cristianos, dice, se pasan el día pecando, perdonando, absolviendo y volviendo a pecar. Es el movimiento continuo de los matemáticos soñadores. Si se les condena por cristianos, unos morirán y otros disimularán, pero se harán más cristianos en su corazón. Es mejor condenarlos por incendiarios. Así se condena a los cristianos de Roma, no a todos los cristianos de todo el imperio. Porque si bien los cristianos no habían incendiado Roma, habían esperado con impaciencia la catástrofe y se habían regocijado con ella.

Un rabino explica al emperador que los cristianos toman de los judíos el género apocalíptico, muy de moda entre los judíos en los últimos doscientos años de su historia. Pero, sin la prudencia de los rabinos judíos, se lanzaron a cultivar el género apocalíptico con ardor, atribuyendo a Jesús horrendas visiones, en las que mezclan el fin de Jerusalén con el fin de los tiempos.

Kaeso y Pedro son ejecutados. Kaeso no tiene empacho en reclamar los servicios de un tribuno que corta las cabezas muy bien. Antes de la ejecución, aconseja a Pedro cómo debe morir. Le explica que el reo en realidad muere por asfixia, y le revela que si consigue que lo crucifiquen boca abajo, la agonía será más rápida.

Este es el argumento de la novela. Pero lo mejor de la obra son los diálogos, llenos de humor, sentido común y causticidad en los que Kaeso pregunta a los diversos fieles por los fundamentos de su religión.  Por ejemplo, a un hindú le suelta que los ricos hindúes tienen derecho a despreciar a los pobres, porque éstos son moralmente responsables del infortunio de su condición, al haber obrado mal en la reencarnación anterior. Y si los pobres se rebelan, se exponen a reencarnaciones más crueles. La religión es el mejor medio para conseguir la paz social. Los judíos, por otra parte, le dirán que la indisolubilidad del matrimonio, predicada por Jesús está en perfecta contradicción con la ley mosaica, por lo que no es cierto que Jesús viniese a cumplir la Ley hasta la última coma. Claro que, como dicen los judíos “al cristiano le repugna cualquier autoridad que no sea la de su conciencia”.

Donde, a mi juicio, la obra alcanza mayores niveles es en los diálogos de Kaeso con Pablo y Pedro.  A Pablo le reprocha la frase “Dios es misericordioso con quien Él quiere y endurece a quien Él quiere”. Un hombre, al que Dios ha endurecido su corazón, no puede ser responsable de rechazar la fe.

Además, Kaeso le espeta a Pablo en su cara que la resurrección de Cristo no sirvió para nada, tanto si se hizo para proclamar que Cristo era Dios, como para prefigurar nuestra propia resurrección. Si fue por esto último, los fariseos tenían como verdad de fe, antes del nacimiento de Cristo, que se resucitaría. Si fue como anuncio de la divinidad, basta con decir que crees en la divinidad de Cristo sin necesidad de pruebas, para hacerla innecesaria. Pero, en el caso de que fuese una prueba de la divinidad ¿por qué Cristo sólo dio de su resurrección unas pruebas tan discutibles?

Con Pedro, Kaeso se muestra más razonable.  Pedro es de origen humilde, con una instrucción escasa, no brilla por la palabra ni por la pluma, es cobarde y su mayor notoriedad la debe a haber traicionado a Cristo. Con su elección, Cristo quería decir que la cultura y el dinero excitan el orgullo, que cuanto menos habla el jefe menos tonterías dice, y que el valor que cuenta más es el de reconocer los errores que se cometen y no desesperar por haberlos cometidos.

Después de esta peculiar exégesis de la primacía de Pedro, Hubert Monteilhet hace una reseña histórica muy interesante sobre los restos del Primer Papa. Pedro no pudo ser enterrado junto al muro noroeste de un circo en plena actividad y en unos jardines de recreo que no tenían carácter funerario. Y además, añado yo, la Ley de las Doce Tablas prohibía enterrar a los muertos en los lugares de los vivos. En ese lugar, lo que se construyó fue un monumento conmemorativo entre los años 146 y 161. Entonces, los jardines habían cambiado ya de destino y se habían convertido en necrópolis. Se sabe que los restos de San Pedro fueron ocultados en el 258 en las catacumbas de San Sebastián, cerca de la Vía Apia, pues el emperador Valentiniano había ordenado confiscar los cementerios cristianos. Constantino mandará construir la basílica de San Pedro del Vaticano sobre el monumento conmemorativo de San Pedro.

Además, entre los siglos V y VI Roma es saqueada cinco veces. Y saqueada por arrianos, no por católicos. Por si esto no bastara, en el año 846, Roma es atacada por una flota musulmana que sube por el Tíber y saquea y profana San Pedro del Vaticano, basílica que entonces no estaba fortificada. Hasta 1936 el papado no permite una verificación a la que se había negado siempre, incluso antes del 846. En esa verificación, se descubrió el monumento conmemorativo, pero la tumba estaba vacía. Cerca del monumento, se descubrieron las reliquias de un papa del siglo II, un anciano muy fornido, y el esqueleto de una rata.

Dicho queda.

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Responses

  1. “no brilla por la palabra ni por la pluma, es cobarde y su mayor notoriedad la debe a haber traicionado a Cristo”

    Me encantó. Es cierto.

    Aparte: en las novelas históricas, me llama la atención el tema de la moral y la virtud. Es posible documentarse sobre los hechos históricos en las fuentes más confiables, pero ha de ser más complicado indagar en el “espíritu de una época”, porque contamos con los escritos de diversos pensadores, hombres ilustrados, que son quienes nos narran cómo pensaban sus contemporáneos, pero carecemos de datos duros.

    Un gran logro cuando un escritor nos muestra esos personajes correctamente insertados en su tiempo, con esa sensación de naturalidad.

  2. Y esa sensación existe en la novela. Todos son personajes corrientes, humanos, incluyendo a Nerón y Tigelino. Cuando se lee esta novela, te das cuenta de muchas cosas que la Historia apresurada había pasado por alto.


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