Posteado por: fernando2008 | 22 julio 2010

El fútbol.

Odio el fútbol. No es que prefiera el baloncesto o el ciclismo, no. Es que odio el fútbol porque lo considero pernicioso.

Una vez que he soltado el exabrupto, ahora llega el momento de las explicaciones. Evidentemente no odio que una serie de señores quemen toxinas detrás de una pelota; me parece muy bien que la gente haga deporte. Lo que odio es todo lo demás que tiene el fútbol, todo lo que no se aproxima al deporte ni en mil kilómetros.

Ya he contado aquí cómo fue la experiencia de mi primer y único partido de fútbol en directo. El señor que estaba a mi lado, seguro que buen padre y buen ciudadano, se pasó todo el primer y segundo tiempo aullando e insultando a los jugadores, sus madres y sus familias con las palabras más soeces de nuestra lengua, extremadamente rica en palabras soeces. Supongo que quedó muy relajado porque, a la salida, tenía un aspecto de lo más normal y estoy seguro que no cumplió todas las promesas que hizo a voz en cuello, tanto las obscenas como las sangrientas, a los jugadores y al trío arbitral. Pero, bajo todas esas voces, vi como la masa asomaba sus siniestras orejas. La masa es la humanidad en estado de barbarie, cuando todas las bajas pasiones salen a flote, amparándose en la cobardía del número.

Este año, he visto tres partidos de fútbol, dos de ellos por causas ajenas a mi voluntad. Y hoy quiero reflexionar sobre los tres.

El partido España Paraguay lo vi en Barcelona, tras visitar Santa María del Mar y el mercado de la Boquería. Nuestros pies necesitaban un descanso y nos sentamos en una terraza. Confieso que estaba más atento a lo que ocurría a mi alrededor que al televisor. Y pude apreciar el entusiasmo con el que se recibía el gol de España, lo mismo que aprecié la alegría en las Ramblas y la profusión de banderas españolas que se veían por todas partes hasta que llegué al hotel. Algo bueno tiene el fútbol, lo confieso, cuando la plaza de Cataluña se llena de banderas españolas. Sé que esa noche hubo incidentes, pero yo no aprecié más que una inmensa alegría y un no menor orgullo. Alegría y orgullo, comprobado por mis propios ojos. No entraré en la guerra de cifras ni vi la manifestación en defensa del Estatut, por lo que no puedo comparar.

El segundo partido España Alemania lo vi en Baden Baden, preciosa ciudad… alemana. Mis compañeros de viaje, armados con banderas españolas, vestidos con las camisetas rojas y pintadas las caras de rojo y amarillo, se fueron a la plaza mayor para seguir el partido en una pantalla gigante. Mi deseo de estudiar el comportamiento humano no era tan fuerte, así que me quedé tranquilamente en el hotel. Los españoles futboleros celebraron el triunfo por todo lo alto, se oyeron las bocinas de los coches y muchos alemanes les dieron la enhorabuena por lo bien que había jugado “La Roja”. Todo dentro de los límites de la corrección prusiana. Hablando de prusianos, sólo tuvimos una queja en Alemania: cuando alguien intentó romper la ordenada formación de mesas y sillas en la terraza de un bar. El camarero nos dijo con malos modos que debíamos respetar el orden establecido en su terraza y los ácratas españoles nos fuimos inmediatamente a otro bar, dejando la terraza impecablemente ordenada pero desierta.

Por último, la final la vi en mi casa, con la ventana abierta para oír como fuera rugía la marabunta.

Hecha la crónica, comencemos con las reflexiones.

El pulpo. Acaba de nacer un nuevo oráculo: el pulpo Paul, pulpo que acierta siempre. Siempre que no se equivoca, claro. Dado que el oráculo de Delfos lleva más de un milenio de capa caída, había que cubrir el hueco y ese simpático cefalópodo lo ha hecho. Ha pasado a la Historia. Antes, pasar a la Historia significaba que tenías algunas líneas en la Enciclopedia Británica. Ahora, pasas a la Historia si están en Wikipedia. Pues bien: Paul está ya en el Olimpo de Internet. http://es.wikipedia.org/wiki/Pulpo_paul

Como todo lo que toca el fútbol se vuelve desmesurado, la desmesura ya ha envuelto a Paul.  Una noche, paseando por Zaragoza, oí de repente ruido de tambores. Inmediatamente pensé en Calanda, pero no. Era una ¿manifestación? ¿procesión?  en ¿honor? ¿acción de gracias? ¿divinización? de ese pulpo u otro muy parecido.  Ni lo sé, ni quise preguntarlo. Dejo aquí la foto como prueba.

El patriotismo. Parece que la bandera de España se ha librado por fin de sus connotaciones franquistas.  Ondea orgullosamente en un montón de fachadas, incluyendo en las de territorios de las nacionalidades históricas. Me parece estupendo, aunque desconfío de ese patriotismo bisiesto. Lo que sí queda claro es que no está tan mal visto ser español, en ningún lugar del estado español.

Cuando estuve en Estrasburgo, visita que merece una entrada completa, me reafirmé en mis ideas europeístas. Es estupendo que en Alemania un camión de Zamora te salude por la autopista, al ver la bandera que llevábamos en el autocar. Pero que el patriotismo, aunque sea bisiesto, no nos haga caer en el chauvinismo. Es más lo que nos une que lo que nos separa. A todos. Por eso, ilustro este punto con la foto de una fachada suiza, dos días antes del partido.  Todo un símbolo.

Panem et circenses”. Supongo que todo el mundo ha leído alguna vez esta expresión. Hace referencia la costumbre romana de dar a la plebe trigo y espectáculos. La frase se encuentra en una sátira de Juvenal, la Sátira X, que dice exactamente así:

(…) “Hace ya mucho tiempo, de cuando no vendíamos nuestro voto a ningún hombre, hemos abandonado nuestros deberes; la gente que alguna vez llevó a cabo mando militar, altos cargos civiles, legiones, todo, ahora se preocupa sólo de sí misma y ansiosamente espera sólo dos cosas: pan y circo.

Mi traducción no es como para que me ciñáis una corona de laurel, pero servirá. Efectivamente. Nada mejor para explicar el fenómeno del Mundial. La crisis ha desaparecido, Zapatero y Rajoy ya no son noticia, y todo va bien en el mejor de los mundos. Iker Casilla levanta la copa y cientos de miles de personas pasan la mejor noche de su vida. El balance de los destrozos sólo ocupa un espacio mínimo en las páginas interiores de los periódicos. En las portadas Iker Espínola acepta con gesto magnánimo la rendición de Giovanni Van Bronckhors de Nassau. El mundo puede volver a ser nuestro. Ni Velázquez lo hubiese hecho mejor.

La guinda la ponen algunos de mis alumnos que se saludan los unos a los otros con el título de “Campeones del mundo”. Iniesta somos todos. Por supuesto, sentados en el   bar, con la cerveza al lado. Que los hombres de la Roja suden la camiseta; cuando llegue el triunfo nosotros, bien comidos, bien bebidos y bien descansados, nos apuntaremos el honor, como si hubiésemos estado corriendo toda la hora y media del partido y la prórroga. El que no se emociona es porque no quiere.

Pero quiero que estas reflexiones, más inconexas que las que suelo escribir porque el tema no es precisamente mi favorito, terminen con un toque positivo. Sigmund Freud dijo una vez “El primer ser humano que insultó a sus enemigos en vez de tirarle una piedra, inventó la civilización”. La agresividad humano nos era útil en los tiempos en los que, si queríamos comer teníamos que matar a palos a un pobre bicho. Ahora sólo nos sirve para pelearnos por el puesto en la cola de Eroski.  Quizás el fútbol actúe como válvula de escape a esa agresividad, con lo que resultará beneficioso. O no. No lo sé; tendré que preguntar.

Habla pulpo, habla.

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Responses

  1. 12 reseñas de libros, cuatro diálogos y siete artículos varios has escrito desde mi última visita Fernando, veo que has estado agradablemente ocupado!!!

    (Y he leído todo eso, vaya que estuve hoy un buen rato en este Faro)

  2. Bienvenido de nuevo, Edgar. Pues no estoy muy satisfecho de mi producción. Debo decir en mi favor que he terminado un curso, lo cual es agotador, he recibido homenajes por mi jubilación, lo cual te quita tiempo, he visitado Francia, Suiza y Alemania, que quita más tiempo y lo que es peor: mi ordenador ya no puede con la tarea. Estoy en proceso de cambio, copiando todo lo del disco duro y esperando que me avisen de la llegada del nuevo. Si eso puede servir como excusa.


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