Posteado por: fernando2008 | 8 junio 2010

MCCULLOUGH, Colleen El primer hombre de Roma. La corona de hierba. Favoritos de la fortuna. Las mujeres de César. César. El caballo de César. Antonio y Cleopatra.

No estoy en absoluto de acuerdo con el tópico que habla de “lecturas de verano”. Las lecturas son siempre lecturas, haga la temperatura que haga. Estoy más de acuerdo con mi particular clasificación de lecturas de escritorio y lecturas de sillón. Las lecturas de sillón son aquellas sobre las que apenas hay que tomar notas. Las de escritorio son aquellas que exigen una reseña concienzuda. Sería la división entre lecturas serias y lecturas de entretenimiento, si no fuese por mi extraña costumbre de hacer una ficha a todos y cada uno de los libros que leo.

Otra de mis extrañas manías es la de simultanear las lecturas de sillón y las de escritorio. Intento distribuir equitativamente el tiempo entre ellas, aunque confieso que en verano las lecturas de sillón (o playa) ganan.

Para este verano tengo preparadas ya la “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” de Mircea Eliade, la magnífica “Historia de los heterodoxos españoles” de Menéndez Pelayo en su edición del CSIC (Gracias queridos compañeros. Habéis hecho muy feliz a un viejo jubilado) y “El solar de los Aftásidas” la agotadísima obra de Terrón Albarrán. Es como para chuparse los dedos. Quizás sea un proyecto demasiado ambicioso, pero hay que tener en cuenta que, a partir de ahora mi vida será un perpetuo verano. Esto en cuanto a lecturas de escritorio. En cuanto a las lecturas de sillón, playa o jardín, ya he comenzado a saquear a mis amistades y pronto tendré la maleta llena.

Hoy voy a hablaros de una heptalogía. La palabra no está en el diccionario pero debería. Es la obra compuesta por siete volúmenes. Los siete volúmenes cuyos títulos se amontonan al comienzo de esta entrada.

Colleen McCullough es la escritora de novela histórica viva que más me gusta. (¡Pobre Robert Graves, que en paz descanse! Tenía que nombrarlo aquí.) Ha conseguido como nadie reflejar en sus novelas los últimos siglos de la Roma republicana. Tiene el don de la descripción y el don de la espontaneidad. Y todo el mundo sabe que para conseguir la espontaneidad un novelista debe trabajar mucho y no dejar nada al azar. Y documentarse. Documentarse mucho. Desde las letrinas al Capitolio, todo está perfectamente documentado.

¿Cómo resumir siete mil páginas?. De ninguna manera. Una reseña no debe ser una pastilla de caldo concentrado. El que quiera sabor que se lea las siete novelas. O una, porque también se pueden leer de manera independiente. Yo me voy a limitar a dar pinceladas, esbozando los aspectos de los libros que a mí me han resultado más interesantes.

“El primer hombre de Roma” narra el inicio de la historia de Mario y Sila. Cuando Mario vence a Yugurta y a los cimbrios y teutones.

“La corona de hierba” narra los enfrentamientos entre Mario y Sila. Dos caracteres fuertes, como se diría ahora. Un duro campesino de Arpino, Mario, y un aristócrata degenerado, Sila. Pero ni ser un campesino, ni ser un degenerado impidieron que ambos consiguiesen lo que querían. Mario fue cónsul siete veces. Sila fue dictador cuando quiso y dejó de serlo cuando le apeteció. Y en medio de estos dos titanes, un niño será obligado por Mario a ser “flamen dialis”, el más fastidioso de todos los fastidiosos sacerdocios de Roma. El niño se llamaba Julio César.

En “Favoritos de la fortuna” termina la historia de Sila y comienza la de Pompeyo, otro campesino de Arpino que quiere llegar a ser algo tan etéreo como “Primer Hombre de Roma”. Lucha contra Sertorio en España, aparece la figura de Craso y César se va acercando cada vez más al poder. De este volumen reseño dos curiosidades. Sierra Morena no se llama así por la tez de sus habitantes, sino por ser la sierra de Cayo Mario, ya que él abrió las minas de esa sierra. (Página 515) Y en este mismo volumen aparecen dos personajes muy conocidos en Cáceres: un tío y un sobrino del mismo nombre: Kinahu Hadasht Byblos (Página 514). Son cartagineses de Cádiz y aunque Cartago ya había sido destruida, sus nombres púnicos no les abrían muchas puertas, por lo que se adscriben como clientes al legado de Pompeyo, Lucio Cornelio Léntulo, adoptando el nombre de Lucio Cornelio Balbo Maior y Lucio Cornelio Balbo Minor. “Balbo” significa “balbuciente”. Ni el tío ni el sobrino tenían el más mínimo defecto en la boca; es que el latín se les resistía. A pesar de ello Balbo el Mayor será nombrado patrono de Cádiz (¡Magnífico título, por Júpiter!) y cónsul. El Menor será un procónsul victorioso, al que se le concederá una “ovatio”.

En “Las mujeres de César” continúa la historia de César. Servilia, la horrible hermana de Catón tiene un hijo, Bruto que está enamorado de Julia, hija de César, mientras su madre es amante de Cayo Julio. Pompeyo, el hombre nuevo de Arpino vuelve de vencer en Asia, cuando César ha hecho amistad con Craso. Cicerón, otro hombre nuevo, ha llegado al consulado y aspira a ser reconocido como Padre de la Patria, acabando con la conjuración de Catilina y ejecutando a ciudadanos romanos sin juicio. Es sorprendente la reticencia romana a la pena de muerte y a las prisiones que las tenían descuidadas y sin puertas. Continúa la historia de la oposición de Catón, del pontificado de César y su domicilio en la “Domus Publica”, la historia de Clodio y Pompeya, la mujer de César y el sacrilegio de la Bona Dea, el triunvirato y su marcha para la Galia. Las mujeres de César son su madre, su hija, su esposa Calpurnia y las vestales, cuyo cariño se ganó Cayo Julio.

En “César” éste ya ha conseguido ser procónsul en la Galia donde desarrolla su política, tiene una mujer Rhianón y un hijo. Esta mujer le escribe a Servilia para preguntarle cosas de Roma. Sigue la historia de Vercigentórix, Alesia, la vuelta de César a Roma, el Rubicón (¡Que vuelen altos los dados) la lucha contra Pompeyo, la Farsalia y por último el asesinato de Pompeyo. Aparte de ser interesante, la narración es muy fiel a la realidad histórica, aunque algunos historiadores acusan a Colleen McCullough de ser demasiado partidaria de los políticos populares. Reconozco que soy culpable de la misma falta. ¡Nada más cargante que el nieto de un patricio, que jamás ha hecho otra cosa que presumir de apellido! Como Catón, sin ir más lejos. Por algo dice Cicerón, con toda la razón del mundo, que Eneas era un “hombre nuevo” en Italia.

En “El caballo de César” continúa la historia con el mismo interés de siempre. Tras la muerte de Pompeyo César a Egipto y se alía con Cleopatra, alta, huesuda y con una horrible nariz, pero inteligente que desea tener un hijo para ser faraón (Me niego a llamarla faraona). Tras la lucha de África en la que Catón se suicida en Útica, César vuelve a Roma donde empiezan las conspiraciones en las que Antonio toma parte de un modo tangencial pero efectivo. Va a España para vencer a los últimos pompeyanos en Munda acompañado de su sobrino Octavio al que empieza a instruir pero le preocupa su débil salud A la vuelta celebra sus triunfos y es asesinado. Antonio ha tomado parte pasivamente en el asesinato pero los verdaderos autores se esconden con gran desesperación de Cicerón. Octavio comienza a ejercer como hijo de César con gran sorpresa de Antonio que creía que con la herencia de César iba a poder pagar las deudas. Octavio no es cobarde pero sufre de asma y cuando hay polvo o polen lo pasa fatal. Empieza a reunir partidarios entre los que está Agripa y Mecenas. Se establecen las proscripciones y Octavio manda a Oriente a Marco Antonio con el fin de que se empantane allí.

“Antonio y Cleopatra” es el final de la colección. La historia de este período, que ha sido tergiversada hasta la exageración, está aquí perfectamente explicada sin estridencias. Sólo queda un poco exagerado la actitud de Cesarión que desea gobernar Egipto con justicia y no comparte la idea de su madre de gobernar el mundo desde el Capitolio de Roma y muere mansamente a manos de Octavio. En el último capítulo Octavio ha intentado conseguir el título de César Rómulo. El Senado se lo niega y  Virgilio le convence para que acepte el de “Augusto”. Al final, Octavio dirá: “Siempre ha habido un Rómulo. Soy Augusto, y único.”

Quien no se consuela es porque no quiere. El pobre no sabía que, a pesar de la ley aprobada por el Senado, el título de “Augusto” sería tan usado como el de César.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: