Posteado por: fernando2008 | 17 mayo 2010

Funcionarios.

– Fray Guillermo ¿tú eres un funcionario?.

– No, Adso, yo no soy un funcionario. Soy El Funcionario. Tengo el nivel A y en mi profesión ya no puedo subir más. Estoy en la cima.

– ¡Que horror! Entonces eres un privilegiado, vago e insolidario. ¡Maestro! ¿A qué ha venido ese tortazo? ¿Por qué no respetas mi libertad de expresión?

– Como ciudadano Adso eres libérrimo de decir lo que quieras. Como mi discípulo, te corrijo con corrección fraterna cuando dices estupideces.

– ¿Estupideces? ¡Todos los medios de comunicación lo dicen.

– Pues también son unos estúpidos. ¿Qué te he dicho yo del rigor científico?

– Que la opinión de la mayoría no es garantía de verdad.

– Pues entonces, analiza lo que has dicho punto por punto y veamos que conclusiones científicas sacas.

– Que eres un privilegiado.

– ¿Por qué?

– Porque tienes un trabajo fijo de por vida.

– Tú también tienes una vida de por vida, un sol de por vida, un aire, esperemos que de por vida y esos no son privilegios. ¿Qué es un privilegio?

– El que se concede a unas personas y a otras no.

– Por eso, Adso, yo no tengo privilegios. Ha personas privilegiadas, como los santos sacerdotes que reciben su cargo por una gracia especialísima de Dios, o los valientes nobles, que heredan unos títulos, o los honrados burgueses que reciben una herencia de sus padres. E incluso los fieles militantes de un patriótico partido político que reciben prebendas por su probada fidelidad a ese partido. Pero a mí, Adso, nadie me ha concedido un privilegio ni lo he heredado: lo que tengo, lo he ganado yo con mi trabajo.

– ¿Y te ha sido muy difícil?

– Difícil y doloroso. Cuando no había un Instituto de Enseñanza Secundaria en cada pueblo, como lo hay ahora, tuve que salir del mío, a los ocho años para estudiar. Mis amigos se quedaron en el pueblo con sus padres y yo tuve que sacrificarme e irme. Además, mis padres no sólo no podían contar con mi ayuda, como los padres de mis amigos, sino que tenían que hacer sacrificios para pagarme los estudios. Cuando fui más mayor, no había como ahora una universidad en cada provincia. Tuve que irme a una ciudad lejana y fría a seguir estudiando. Mis amigos del pueblo se quedaron en él, ganando dinero y formando una familia. Yo no. ¡Y no sabes lo duro que era depender de tus padres cuando algunos de mis amigos tenían ya su negocio y estaban casados!

– Eran otros tiempos.

– ¡Desde luego que eran otros tiempos! Hoy día, depender de los padres no debe ser muy duro. Pero sigo. Cuando terminé mi carrera…

– ¡Lo celebraste!

– Lo celebré sí, volviendo a casa de mis padres y recluyéndome en ella para preparar las oposiciones. Algunos de mis compañeros de carrera se pusieron a trabajar inmediatamente y a ganar dinero. Yo no. Seguía tan dependiente de mis padres como cuando tenía ocho años.

– Pero sacaste las oposiciones.

– No fue fácil, pero las saqué. Muchos quedaron en la cuneta.

– Ya. Pero tú triunfaste y fuiste feliz.

– No me daba tiempo a ser feliz. Como funcionario con destino provisional me cambiaron varias veces de pueblo “por necesidades del servicio”. Veinte años tardé en venir a la ciudad en la que vivimos. Mientras, mis compañeros de carrera que no hicieron las oposiciones, vivían tan ricamente en ella, sin temor a un traslado.

– Y cuando viniste a nuestra ciudad por fin ¿lo celebraste?

– Lo celebré… ganando otra oposición.

– ¡Qué barbaridad! ¿Vas a seguir haciendo oposiciones, maestro con lo trabajoso que es eso?

– No. Ya no puedo. Aunque esté mal el decirlo, he llegado a la cima. A la cátedra.

– Vale. Me has convencido. Tú puesto de por vida no es un privilegio. Pero ¿qué dices a lo de vago?

– Explícame primero el porqué de ese calificativo.

– Tienes un buen horario.

– Que yo no he fijado, sino acatado.

– Tienes muchas vacaciones.

– Que tampoco he fijado, sino acatado. Puedes hablar ahora de primera mano. ¿Tú crees que en Extremadura se podrían dar más clases en unas aulas que jamás vieron el aire acondicionado? Hay calefacción, cuando funciona que no es siempre, pero no he visto jamás en nuestra región un aula con aire acondicionado. ¿Aguantarías tú una clase en julio? ¿O es que queremos simplemente un aparcamiento vigilado para niños?

– Trabajas pocas horas.

– ¿Sabes la diferencia que hay entre otros menestrales y yo? Que los menestrales, cuando salen del trabajo, salen con las manos metidas en los bolsillos. Y yo ¿cómo salgo? ¿Qué llevo en las manos?

– Una cartera marrón, bastante gastada por cierto.

– Efectivamente. En esa cartera van trabajos que revisar, exámenes que corregir y clases que preparar. El trabajo en el aula es sólo una pequeña parte de lo que debo hacer antes y después de dar clases.

– ¿Y lo de insolidario?

– Ahí ya, Adso, mi ciencia falla. No puedo ser más solidario. Tengo una nómina que paga la comunidad autónoma. No puedo, pues, ocultar ni un céntimo. Mi sueldo lo pone la Consejería de Educación. Ella me lo sube o me lo baja sin consultarme, sin dejarme intervenir. Los no funcionarios pueden negociar pluses, compensaciones, reducción de jornada. Yo no. Sólo puedo callar. Y pago tantos impuestos o más que aquellos a los que se les llena la boca diciendo que mi salario sale de sus impuestos.

– Pero no es un trabajo tan duro como los demás.

– ¿Qué significa “duro”? No parto piedras en una cantera, ni extraigo carbón en una mina. Pero me enfrento a treinta alumnos varias veces al día y eso da mucho estrés.

– Hombre, fray Guillermo ¡tanto como estrés!

– El mismo estrés que le produce a un domador controlar a tres tigres a la vez. No puedes descuidarte ni un minuto, no bajar la guardia, porque al instante te han montado el follón. Los jóvenes de hoy día son muy suyos.

– Parece como si tuvieras razón. Pero algo debe haber cuando os critican tanto.

– Puede ser el mismo mecanismo que provocaba las críticas a los pobres judíos o a los empollones. En una época analfabeta y pobre, los judíos eran los únicos que sabían leer, escribir y hacer cuentas. Como además la Iglesia les prohibía ejercer cualquier oficio, se especializaron en los préstamos y en los cargos de la administración. No les quedaba otro remedio. Y en cuanto a los empollones, ¿qué te voy a decir que tú no sepas? Los pobres muchachos que van a la escuela a estudiar, sufren el rechazo de los que no quieren hacerlo.

– Vamos, fray Guillermo, que te estás comparando a los judíos y a los empollones.

– No me comparo con nadie. Soy funcionario y a mucha honra. No es un privilegio conseguir algo mediante tu trabajo. Además, estoy dispuesto a compartirlo. Jamás me habrás oído rechazar la bajada de mi sueldo. Sólo quiero contarte un chiste.

– ¡No, maestro, que tus chistes son muy malos!

– Lo oirás de todas formas. Se escapa un león y todos salen corriendo. Un pobre cojo no puede correr a la misma velocidad que los demás, va perdiendo terreno, se vuelve y le dice al león: “Vete a por los demás, que a mí siempre me tienes cogido”. Eso es lo que le digo yo al presidente del gobierno. A los funcionarios siempre nos tiene cogidos, somos presa fácil. Que se ocupe de que paguen los demás también. Los que tienen las rentas más altas.

– Ya sabía yo que iba a ser malo. Pero no me negarás que tienes una vida más fácil que la mayoría en tiempos de crisis.

– Yo no he provocado esta crisis. Además, es una triste gracia que por “necesidades superiores” la crisis la paguen solamente aquellos que no la ha provocado ni se han beneficiado de ella. Pero yo no quiero que mi vida sea un privilegio. Es más, estoy dispuesto a compartir mi situación con los demás. Prometo solemnemente que nunca pondré pegas a aquellos que quieran ser funcionarios. Aquí están los temarios de mis dos oposiciones. Los presto de buena gana. Quien los estudie y apruebe tendrá la misma vida que yo. ¿Hay algún valiente?

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Responses

  1. Muy buena explicación, Maestro. Actualmente yo pertenezco al grupo de los “vulnerables”, es decir, de los pensionistas, pero antes de eso, pasé por la “ignominia” de ser también, como tú, funcionario durante 43 años.

    Oposiciones para entrar en este denostado grupo de trabajadores y luego, más oposiciones y cada vez que oía esa frase tan manida de “congelar el sueldo de los funcionarios” u oír de boca de asnos ilustrados “Te estoy pagando el sueldo”, o menudo chollo tenéis los funcionarios, poco trabajar y a cobrar, se me encendía un relé en el cerebro que me avisaba que estaba a punto de cometer un “homicidio”.

    No obstante les decía lo mismo que tú, “Hala a estudiar y a enfrentarse a una oposición y a aprobarla, claro”, todo eso dicho con una sonrisa leonina y enseñando mi dentadura, claro.

  2. Como siempre, Jomer, la gente “bienpensante” quiere nuestras ventajas, pero no quieren ni oír hablar de los inconvenientes. Son los que aspiran a una plaza de funcionario, pero que se la dejen en herencia sus padres.

  3. Efectivamente, así es. En herencia.


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