Posteado por: fernando2008 | 30 marzo 2010

Philip Keer. Violetas de marzo.

No es Kerr un escritor desconocido para mí. Incluso he hecho en esta bitácora la reseña de su libro “Una investigación filosófica”. Pero esta nueva novela me ha gustado, en su doble calidad de novela histórica y novela policíaca y por otras dos razones más: la primera por la cantidad de información sobre la vida cotidiana del nazismo que proporciona. Esta información está muy lejos de la alabanza épica, tan común en los regímenes totalitarios. Se limita a reflejar la cruda realidad. Y la segunda, por el lenguaje irónico y desgarrado. Me gusta tanto este lenguaje, que no puedo por menos que reproducir algunas frases de Kerr. Las pongo entre comillas para no atribuirme su autoría. Aunque no me importaría en absoluto que me las atribuyeran a mí.

El argumento se resume rápidamente: Bernhard Grunther, antiguo policía alemán, ahora investigador privado, es “uno de los pocos habitantes de Berlín que no tiene uniforme”. Anti-nazi y amigo de los judíos, es encargado por un empresario del acero alemán que investigue la muerte de su hija y su yerno. Descubre que hay tres delitos en uno: la muerte del marido y su amante, no su mujer, el robo de un collar de perlas y el robo de unos papeles. La hija del industrial no ha muerto sino que ha matado a su marido y terminará siendo violada y muerta por nazis incontrolados. Las SS le piden que siga la pista a los papeles, con los que se podrá hacer chantaje a una alta personalidad y esto lo lleva a Dachau, donde el ladrón se esconde habiendo cometido un delito menor para quitarse del medio.

Como veis, es un argumento original y prometedor. Todo el desgarro del género negro, y además ampliado por su ubicación: la Alemania de Hitler. Una mezcla explosiva.

En primer lugar, aclararé el significado del título. Los “violetas de marzo” son los advenedizos que se unen al nazismo una vez que el nazismo ha triunfado. Son sucedáneos de nazis, en una ciudad, Berlín, que pese a su aparente gloria está llena de sucedáneos: había sucedáneos de sopa, sucedáneos de gasolina. A pesar de su mala calidad estos sucedáneos se vendían y se vendían bien. Duraban en las tiendas “menos que una ventana en una sinagoga”.

La Alemania de Bernhard Grunther es un siniestro país, con una “corrupción más alta que en la República de Weimar”. En esta Alemania hay, al principio cuatro tipos de saludos: los socialdemócratas (sozi) saludan con el puño por encima de la cabeza; los comunistas (kozi) saludan con el puño a la altura del hombro; los centristas saludan con dos dedos rectos y el pulgar doblado como una pistola. Los nacionalsocialistas (nazi) “escenifican una inspección de uñas”. Hasta los diminutivos son interesantes.

En esta Alemania se construyen enormes autopistas, antes de construir “el coche del pueblo”. La gente especula si dichas autopistas tienen como objetivo acabar con el paro o facilitar los transportes militares. Desde luego, todos están de acuerdo en que su principal función no es, ni mucho menos, la de que sirvan para que por ellas circulen los Volkswagen.

En la civilizada Alemania nazi, funcionan las “redes”. Éstas son sindicados de ex-presidarios, y están, teóricamente, destinadas la rehabilitación. En realidad, estas redes, muy ricas y que organizaban grandes cenas, eran la fachada del crimen organizado. En los días del Tercer Reich las redes sólo podían hacer negocio con una organización: el partido nazi. Grunther nos cuenta, con todo lujo de detalles, el asombro de un alemán que sale rehabilitado de la cárcel y se da cuenta de que “su país se ha convertido en un hatajo de gángsters”.

La descripción de Berlín sigue la misma pauta. Es una ciudad en la que cada casa tiene su espía, con el título de portero, donde se ven por la calle a “una compañía trabajando a favor del negocio de los podólogos (magnífica metáfora del paso de la oca), en donde las joyerías son “las únicas tiendas de Berlín donde la gente hace cola para vender en vez de para comprar. La gente de la cola tenía en común su judaísmo y su falta de trabajo”.

Pero Berlín también tenía sus diversiones patrióticas. “Cuando había un discurso de Goebbels, se producía un colapso circulatorio. Además los bares y restaurantes tenían por ley, que radios sintonizadas con el evento. Y, por si fuera poco, había altavoces en todas las calles y una fuerza de guardianes de la radio que obligaban a los transeúntes a escuchar las emisiones del partido”. Encantador. Muy distinto de los documentales de los desfiles, pero reflejado en la película “El gran dictador”.

La acción de la novela policíaca está bien. Engancha al lector. Pero, desde luego, para mí es mucho más interesantes estas irónicas noticias sobre la vida cotidiana del Tercer Reich.

Para terminar, permitidme la última frase, esta vez dedicada al racismo. Cuando Jesse Owens, el atleta negro, gana la carrera de los cien metros lisos (conseguiría cuatro medallas de oro) en la tribuna de autoridades no hay nadie. Bernhard Grunther reflexiona de la siguiente manera: “Si alguna vez existe una raza superior, con seguridad no excluiría de su seno a alguien como Jesse Owens”.

Totalmente de acuerdo, Bernhard.

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