Posteado por: fernando2008 | 21 marzo 2010

La sociedad psicópata.

En una época de engaño universal,

decir la verdad es un acto revolucionario.

George Orwell.

Madrid me mata. No me refiero al Madrid de alegres fines de semana, sino al tétrico Madrid de las consultas médicas. Pero ya ha pasado si no lo peor, por lo menos lo más inmediato. Vuelvo de Madrid con los oídos remendados y con libertad provisional hasta septiembre.

No reflexioné mucho en mi viaje de ida. El miedo me lo impedía. Pero, a la vuelta ya más tranquilo, me puse a pensar. Y de estos pensamientos, ha salido esta entrada.

Hace tiempo vengo diciendo que vivimos en una sociedad a la que no podemos calificar como buena. Mi afición a series como “Mentes criminales” y la observación del ajetreo de la gran ciudad, me ha dado la idea que expreso en el título: vivimos en una sociedad psicópata.

No, no hablo de asesinos en serie acechándonos con sus cuchillos tras sombrías esquinas. Hablo de algo mucho más cotidiano. Según cualquier texto sobre los psicópatas, éstos no se caracterizan por delirios o manifestaciones psiconeuróticas. La característica fundamental del psicópata es la cosificación que hace el psicópata del otro, el quitarle los atributos de persona para valorarlo como cosa. Por eso el psicópata no siente remordimientos. Los demás son cosas de usar y tirar. Además, los psicópatas tienen un marcado egocentrismo, se sobrevaloran, y piensan que todo aquello que desean lo pueden y deben conseguir, rápida e impunemente. Terminaré esta pequeña caracterización del psicópata con una frase: “La mayor parte de los psicópatas no comenten delitos, pero no dudan en mentir, manipular, engañar y hacer daño para conseguir sus objetivos, sin sentir por ello remordimiento alguno”. Por último, decir que la psicopatía es incorregible.

Creo que vivimos en una sociedad psicópata. Una sociedad que ataca, sin pudor ni vergüenza al adversario político con todas las armas, legítimas e ilegítimas que tiene a mano. Además, como no empatiza con los demás, no tiene ningún remordimiento de excusar, con todo el cinismo del mundo, cuando alguna persona de su cuerda comete los mismos delitos que ha echado en cara al del enfrente.

Siempre consideré justas las críticas que se hicieron a José Antonio Redondo, alcalde de Trujillo,  al alcalde de Siero, Juan José Corrales, al jefe de la Policía Municipal de Badajoz, Miguel Sardiña por los problemas que tuvieron con el alcohol al volante. Es por eso por lo que no entiendo el manto de dulce misericordia y comprensión con el que su partido arropa al vocal en la comisión de Seguridad Vial del Congreso y diputado popular, Ignacio Uriarte. No entiendo la diferencia.

Tampoco entiendo el maniqueísmo de la postura que achaca al contrario el mal absoluto. Mi explicación es fácil: no existe el mal absoluto porque no existe el bien absoluto. El más encallecido de los criminales no puede estar maquinando atacar a España durante las veinticuatro horas del día. Tiene que ir al baño de vez en cuando. Pero, a pesar de esta reflexión, vivimos inmersos en la cultura del Mal. El Mal son los otros. Todos.

La Jefatura del Estado es, como todas, una institución sobre la que se puede opinar. Hay encuestas recientes que lo demuestran. El rey, y la familia real, puede hacerlo bien, regular o mal. De acuerdo. Pero defiendo que aquellos que sientan la imperiosa necesidad de silbar, deben dedicar dichos silbidos a sus familias. Queda más hogareño. Y si sienten necesidad de quemar fotos, lo mejor es que lo hagan en la intimidad de sus casas. Así satisfarán su psicópata necesidad y no ensuciarán la vía pública que es, evidentemente, tanto de los que quieren quemar como de los que quieren pasear. Se puede opinar sobre la monarquía, pero no se le puede exigir que sea democrática. Una monarquía podrá ser parlamentaria, podrá ser constitucional. Pero nunca podrá ser democrática. Es un contrasentido.

El ejecutivo, desde el presidente del gobierno al último alcalde, también hace cosas mal. Y en manos de los ciudadanos está el castigar la ineficacia con su voto. Pero este derecho debe ejercerse cada cuatro años. Esto es tan obvio como importante. Si cada partido exige que el ciudadano vote cuando a dicho partido le venga bien, tendríamos momentos en los que debiéramos votar cada seis meses y otros en los que no votaríamos en décadas. Cuatro años creo que es una solución razonable. Y cuando un miembro del poder ejecutivo cometa un delito, que se le castigue. Para conseguir esto se me ha ocurrido una manera, absolutamente nueva de arreglar el problema. Digo nueva porque jamás la he visto propuesta en ningún medio de comunicación: cuando un político cometa un delito, a la cárcel. Y cuando un partido sepa que uno de sus afiliados haya cometido un delito, que lo expulse. Si todos los delincuentes van a la cárcel y todos los partidos políticos condenan a todos los delincuentes, la sensación de impunidad y compadreo que tenemos los ciudadanos de a pie desaparecería. Y la abstención también.

El poder legislativo, supongo que tiene un horario y un calendario. Si los diputados y senadores lo cumplen, está bien. Si no lo cumplen, que se les expulse. Igual que en cualquier otro trabajo. La soberanía nacional no se vería menoscabada si el presidente del Congreso hiciese pública la lista de diputados absentistas y los votantes tomasen buena nota. Esta obviedad debe complementarse con otra obviedad. Si hay vacaciones parlamentarias, los diputados no tienen por qué estar en la Carrera de San Jerónimo. Le guste o no le guste a algunos periódicos.

El Tribunal Constitucional ha alcanzado las mayores cotas de desprestigio de su historia. Esto es cierto. El dilatar una sentencia es la mayor de las injusticias, porque perpetúa una situación injusta e impide cualquier recurso que pudiera realizarse. Pero hay otras obviedades (esta entrada está enfocada a decir cosas obvias) que minan aún más su prestigio. Si antes de que se presente una ley ya se sabe cómo van a votar los magistrados ¿para qué las deliberaciones?. Y si la composición del Tribunal debe reflejar la situación política de España ¿por qué no la refleja? ¿Por qué no se sustituyen los magistrados que debían sustituirse? Cuando no tengo mayoría, protesto. Cuando la tengo, me instalo y torpedeo los intentos de renovación.

Hace tiempo leí que los jueces no debían manchar sus togas con el polvo de los caminos. La verdad es que hoy ya no es el polvo. Es el fango más hediondo el que mancha dichas togas, al revolcarse los jueces en innobles peleas. Y los acusados, que no son tontos, se unen alegremente a la pelea atacando a aquellos que les deben juzgar, ante la complicidad sonriente de las más altas instancias de la judicatura. Todo en función de una pretendida objetividad. Como decía Bertold Brech, “Algunos jueces son tan incorruptibles que no hay manera de convencerlos para que hagan justicia”.

Tras este rapidísimo repaso a los poderes del Estado, pasemos a considerar otros aspectos de la sociedad psicópata. Por ejemplo, el aborto, el rayo que no cesa. Una publicación tan poco sospechosa de progresismo izquierdoso como “Hispanidad” dice: Además, la ley de aborto de Zapatero es incluso más restrictiva que la de Felipe González de 1985. Eso sí, la de ZP –el estilo del hombre- convierte el aborto  en un derecho. El paso de aborto despenalizado a derecho de la madre a asesinar a su hijo es grave, sí, pero no habrá más homicidios en España por esta causa de los habidos hasta ahora, con el PP y con el PSOE. En otras palabras, Rajoy no tiene que prometer que derogará la ley de 2010… sino todo aborto en España. En plata: el objetivo de los provida ya no puede ser el PSOE, sino el PP. Ya nadie duda de la degeneración progre del PSOE, pero todavía hay quienes se dejan engañar por el PP: un partido mayoritariamente abortista y cínico en la defensa del derecho a la vida. Que no decaiga.

No me debo olvidar en esta miscelánea de la crisis. La crisis mal atajada por el gobierno con medidas improvisadas desde hace dos años. Al lector avisado le sonará un tanto extraño esta improvisación tan añeja. Pero también le resultará familiar la idea de que el gobierno no toma medidas para acabar de una vez con ella y modificar nuestro modelo de crecimiento. Bueno, pues ahora resulta que dichas medidas no son necesarias. Alejo Vidal Quadras, apunta que “es una operación que en su momento tuvo un fin propagandístico, demostrar que se hacía algo relevante y que se intentaba cambiar nada menos que el modelo de crecimiento español. Un modelo de crecimiento no lo cambia un Gobierno. Sin comentarios.

Mis alumnos saben de mi obsesión por la precisión en el vocabulario. Por eso los agobio con el significado de cada palabra que aparece en el libro. Pues bien, en el tema cuatro de Historia del Mundo Contemporáneo, en la página 63, expliqué la siguiente palabra: “Rebelión: Alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, con el fin de derrocar a los poderes del Estado.” Por lo menos, cuando les llamen a la rebelión, sabrán qué es lo que les están pidiendo.

Un buen análisis del presente, debe cerrarse con unas perspectivas de futuro. Barrunto que si una presidenta de comunidad llama a la rebelión contra el gobierno central, al poco tiempo sufrirá en sus carnes la llamada a la rebelión de los alcaldes de esa comunidad, comunidad que tiene las tasas más altas de España. Y que si el partido de la oposición consigue el poder con la estrategia de demonizar todas y cada una de las actuaciones del gobierno, sufrirá ese mismo tratamiento cuando actúe desde el poder, con lo que tendremos diversión asegurada para muchas décadas.

No es eso, no es eso.

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Responses

  1. Bien dicho, maestro.

    Estamos contaminados por esa enfermedad y creo que llegó la hora de que se produzca una gran catarsis, tanto en esta, nuestra sociedad, como en la mundial.

    Al parecer “el todo vale”, se ha enquistado de tal forma que me produce algo parecido a la ira. La llamada, “santa ira”, aunque yo no sea ningún santo.

    Que no te silben los oídos “remendados”, maestro y me alegro de tu recuperación.

    😀

  2. Gracias Jomer. Eres el presidente de mi club de fans. A ver si con nuestro granito de arena podemos acabar con el “todo vale”.

  3. En mi país hace mucho que se discute el tema de la “renovación moral”; pero al parecer estamos entrampados. Antes se decía “ya no hay valores”. Pero al parecer es verdad, no es una frase reiterativa, es una definición de nuestra Era. Ya no hay valores. ¿En qué momento nos perdimos? Todas las ideas del romanticismo eran bastante buenas: el honor, el valor, la caballerosidad, la honestidad. ¿Será que la religión a perdido la capacidad de controlarnos? ¿Será que la educación en casa y en el colegio es tan mala que nos deja a nuestra suerte? Son tantas cosas.

  4. No sé cuándo los perdimos, pero los hemos perdido. Y lo que más peligroso me parece a mí, será por deformación profesional, es la falta de responsabilidad. Nadie se hace responsable de nada.


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