Posteado por: fernando2008 | 11 marzo 2010

Amor, belleza y verdad en la Historia del Arte.

—Yo soy ardiente, yo soy morena

yo soy el símbolo de la pasión,

de ansia de goces mi alma está llena.

¿A mí me buscas?

—No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,

puedo brindarte dichas sin fin.

Yo de ternura guardo un tesoro.

¿A mí me llamas?

—No, no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz.

Soy incorpórea, soy intangible,

no puedo amarte.—¡Oh ven, ven tú!

Gustavo Adolfo Bécquer.

Rima XI.

No hagáis caso del refrán. Sobre gustos se han escrito muchos libros. Incluso se ha creado una ciencia, la Estética, que no es una ciencia exacta, porque la Belleza no puede ser considerada como una de las Ideas Madres de Platón, que están “en un lugar del cielo” y cuyo reflejo se percibe en la tierra. La Belleza es una convención, algo que cambia con el tiempo. Hoy consideramos bello algo que quizás ayer no lo era.

Pero no voy a teorizar sobre la Belleza con mayúsculas. Me centraré en un aspecto de la belleza muy importante, que es la percepción de la belleza femenina a lo largo de la Historia del Arte y el amor que provoca la contemplación de dicha belleza.

Para esto, necesitamos aclarar primero dos premisas. La primera, sobre el amor. El amor, o aquello a lo que el varón aspira, está perfectamente indicado en el verso de Bécquer. Nadie como un poeta para expresar el íntimo sentir del corazón masculino.

La segunda premisa es la percepción que la sociedad tiene sobre la belleza ideal femenina. Me temo que esta percepción es mucho más materialista. La moda se ha definido como “un mecanismo regulador de elecciones, realizadas en función de unos criterios de gusto”. Y en ese criterio de gusto subyace siempre una idea económica. La moda tiende a subrayar la riqueza de las personas que la siguen.

Comencemos por la Prehistoria. Una época difícil donde las haya. El hombre era depredador y, normalmente, carroñero. La esperanza de vida era muy corta. ¿Cuál era el tipo de belleza femenina que estaba de moda? Las Venus esteatopigias, palabreja rimbombante que a la postre viene a significar “con grasa en el trasero”. Una mujer gorda en la prehistoria, indicaba de modo inequívoco a sus posibles adoradores, que tenía alimentos más que suficientes a su disposición. Y eso, entonces, erotizaba mucho.

Veamos ahora el tipo de belleza egipcia. No la belleza real, de las cuales tenemos muchas muestras en el cementerio de El Fayum. En esta pintura, tenemos el prototipo de la belleza ideal egipcia. Pintura tan bonita como falsa. Ninguna mujer egipcia podría físicamente ir a sembrar con su mejor vestido de lino plisado y su pesada peluca. En las paredes de las tumbas se representan a las mujeres no como son, sino como les gustaría ser. Y eso incluye al mito erótico egipcio por excelencia, Cleopatra. Cleopatra no era una bellísima morena de ojos ardientes. Esa era Elizabeth Taylor. Cleopatra era una griega, macedonia, rubia y de ojos azules, que usó sus armas de mujer, las únicas que le quedaban, para mantenerse en el trono. El amor nada tuvo que ver con su vida. La leyenda de sus amores y del hijo que tuvo con César se inventó al menos doscientos años después de su muerte.

La belleza en Grecia y Roma también ha sido objeto de muchas leyendas. Tenemos la de Friné, la bella mujer retratada por Praxíteles y que consiguió, con la mera exhibición de su belleza, salir absuelta de un juicio. Pero, siempre hay un pero, resulta que los escultores griegos en época de Praxíteles no hacían retratos. Intentaban representar en sus esculturas la belleza ideal, no la realidad. Además, otro pequeño detalle, Friné en griego significa “sapo”. La realidad era que las mujeres griegas, toscas e incultas, permanecían siempre en el gineceo, eran bajas y gruesas y se ocupaban de la cocina. Los hombres soñaban con Aspasia e Hypatia, pero sus mujeres debían ser una mezcla de Jantipa y Lisístrata.

Muchas historias de amor hay en la Edad Media, pero creo que la más romántica es la de Dante, el cual vio un día a Beatriz, se enamoró perdidamente de ella, le escribió innumerables versos y la llevó literalmente al cielo en su “Divina Comedia”. En realidad Beatriz Portinari nunca habló con Dante, se casó con Simone de Bardi, con el que tuvo seis hijas a pesar de morir a los veinticuatro años. Dante tampoco perdió el tiempo; se casó con Gemma y con ella tuvo cuatro hijos, más tres ilegítimos. El Amor ideal se daba a damas ideales, las cuales no tenían de sus tocayas reales, toscas y normalmente sucias como todo en la Edad Media, más que el nombre.

La pintura del Renacimiento italiano nos dice claramente como no eran las mujeres de la época. Si tuviésemos que representar a la mujer mediterránea, podríamos reunir para ello un sinfín de rasgos. Rasgos que no coincidirían en absoluto con los de Simonetta Vespucci, la Venus de Botticelli. Ni en su estatura (la media actual de la estatura de las mujeres italianas no pasa de 1’66 m) ni en el color de la piel o de los ojos. Y sin embargo, ahí la tenéis, como prototipo de la belleza.

¡Pobrecita!. Mirando el cuadro nadie podría pensar que murió de tuberculosis a los veintitrés años. Claro que en el cuadro esto no se aprecia, porque Botticelli lo pintó nueve años después de la muerte de “La bella Simonetta”.

La época del Barroco fue terrible para Europa. Guerras incesantes la asolaron. La “Pequeña Glaciación” acabó con lo poco que quedó de las cosechas. El hambre reinaba y se documentaron casos de canibalismo. Y sin embargo, las pinturas de esta época nos presentan así las gracias femeninas. Realmente ¿las rotundas formas que retrata Rubens provocaban la lujuria masculina?. ¿No sería más cierto que lo que provocaban era el avaricioso cálculo, deseoso de saber cuantos ducados permitían mantener tan orondas celulitis?.

El Neoclasicismo y Romanticismo ponen de moda las damas lánguidas. No sin razón, económica, naturalmente. Para explicar el níveo seno de la condesa de Vilches debemos decir que, hasta entonces, la agricultura era la principal ocupación de toda la población, tanto masculina como femenina. Una piel nacarada es un inequívoco indicador económico, más fiable que nuestro actual IBEX 35. Significaba que dicha piel no había tenido nunca que exponerse a los rayos del sol, es decir, trabajar. De esta época proviene la expresión “sangre azul”. No es que la sangre de los aristócratas hubiese perdido su hemoglobina, no. Es que la pálida y traslúcida piel permitía ver las venas y su color azul característico.

En el siglo XX, la mujer descubre, gracias a las dos guerras mundiales, las delicias de trabajar fuera de casa. Una vez descubierta esta delicia, cuando vuelve la paz se niegan a retornar al hogar. El trabajo de la mujer modifica las casas, al hacer imprescindibles los electrodomésticos, y modifica también su aspecto. Ninguna podrá ir a la fábrica con corsé y vestido largo. Los pantalones, ese descubrimiento de los medos del siglo V a C., entran en el vestuario femenino y ya nunca lo abandonarán. Sin embargo, los dibujantes seguirán soñando con la mujer ideal, de pechos voluminosos y piernas larguísimas. “Si non é vero, é ben trovato “.

Ahora se producirá la paradoja de que la piel nívea deja de ser símbolo de belleza. Una vez mas, la Economía nos da la clave de la moda. Las mujeres trabajan bajo techo, no ven el sol. ¿Cuál será entonces el signo de la belleza? Una piel tostada que indica largas temporadas en las costas del Caribe, o caras sesiones del rayos U.V.A.

Además, por primera vez en la Historia, la Revolución Industrial ha proporcionado alimentos en abundancia para todos los países (del Primer Mundo se entiende). Cuando todos podemos comer hasta reventar, lo bello será no hacerlo…o gastarnos nuestros buenos dineros en curas de adelgazamiento.

Llegamos al final. En nuestro recién estrenado siglo XXI, parece que todos los elementos de la Estética se han trastocado. Lo que está de moda es lo feo, lo roto, lo mal ajustado. La “línea presidiario”, puesta de moda por los negros del Harlem neoyorquino a los cuales les quitan los cinturones y los cordones de los zapatos cuando ingresan en prisión. Cuando salen, provocan la admiración de sus “colegas” paseando con la cintura de los pantalones por debajo de sus nalgas. Añadid a esta facha un no-afeitado de siete días, un peinado en forma de cresta y una gorra con la visera para atrás. Esta gorra, junto con las gafas de sol deben ser elementos indispensables para afrontar las noches de “Plenilunio”.

En resumen: la Venus del siglo XXI se llama Lisbeth Salander.

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Responses

  1. Pues sí, tienes razón. Los cánones de belleza han ido cambiando a lo largo de los siglos y por diversos motivos, como bien explicas en este artículo.

    No obstante, sigo creyendo que una mujer sin el volumen adecuado, a pesar de que pueda estar de “moda” no atrae de verdad a los hombres, se diga lo que se diga y como ejemplo, puedo citar a Norma Jeane Mortenson, bautizada como Norma Jeane Baker y más conocida como Marilyn Monroe.

  2. Yo también estoy de acuerdo en eso. A mí también me gustan las mujeres corpóreas y pneumáticas.

  3. De vuelta y con mucho por leer, fernando.

    Por lo pronto, me adhiero a la opinión de Jomer. En particular, mi aportación a la Apreciación a la Belleza Femenina es la siguiente: la chicas de TV son generalmente de pechos voluminosos porque ese es el ángulo que más se aprecia desde la pantalla. En cambio, en la vida cotidiana, las mujeres más llamativas son aquellas de un voluminoso derrière. Hay más ritmo en unas caderas generosas que en todos los discos de Bob Marley.

  4. ¿Dónde has estado Edgar? Te he echado de menos.

  5. claro que si pues yo me identifico como una de ellas porque me gusta andar encueros en mi casa

  6. Jajajaja, hombres….los comentarios se quedan en: “lo que me gusta a mí” (como macho), “a mi me pone”…jeje.
    Amor, belleza y verdad en la Historia del Arte ¿qué? o ¿estamos hablando de la mujer como objeto de deseo? ¿Para cuándo la capilla sixtina?Eso si que eran hombres…

  7. La Capilla Sixtina la comentas tú. Cuando entré, mis alumnos se rieron por la cara que puse. Es increíble, impresionante, no tengo palabras. Pero a mí, tantos músculos no me “ponen”.


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