Posteado por: fernando2008 | 27 diciembre 2009

Manuel Vázquez Montalbán. Asesinato en el Comité Central.

Ni que decir tiene, y si hay algo que decir lo voy a decir rápidamente, que había leído esta novela en 1981, en cuanto salió. Entonces, jugué al bonito juego de poner con lápiz los nombres verdaderos de los personajes. ¡Qué época! La época en la que todos conocíamos los nombres de los miembros del Comité Central del Partido, y en la que la palabra “Partido” no necesitaba ninguna aclaración.

Veintiocho años después, vuelve a caer en mis manos esta novela y vuelvo a leerla. Desgraciadamente, no tengo el don que una niña aficionada a la lectura (niña de otra época) le pidió a su hada madrina: que cuando leyese un libro que le gustase, lo olvidase rápidamente, para sentir el mismo placer al leerlo varias veces. Por suerte para unas cosas y por desgracia para otras, ésta por ejemplo, tengo buena memoria. Me acordaba del argumento de la novela. Pero, como siempre, el argumento en las novelas de Vázquez Montalbán es lo de menos. Sus novelas son en la literatura como la película “Retorno a Brideshead.” Las escenas son tan hermosas que, a veces el argumento es lo de menos.

Hablando de argumentos,  la novela, que hoy comparto con vosotros, cuenta la historia de cómo al Secretario General del Partido Comunista de España, Fernando Garrido, lo apuñalan en una sala cerrada y delante de las narices del Comité Central. Un corte de la luz permite ese milagro de crimen perfecto. Evidentemente, los comunistas no se resignan y contratan al investigador privado Pepe Carvalho.

Opino que para saborear bien esta novela sería necesario tener al menos cuarenta y seis años. Esta cifra no es caprichosa; es el resultado de multiplicar veintiocho por dos. Es decir, que el lector tuviese veintiocho años en la época en la que teóricamente transcurre la novela. Es una condición ideal para el lector, pero no tan agradable para anatomía y fisiología de las personas reales. Porque la historia, efectivamente, pasó hace muchos años. En la época plena de Vázquez Montalbán; la época que con tanta pericia acaba de novelar Javier Cercas.

Vázquez Montalbán no se ha quebrado mucho la cabeza inventando anagramas de los nombres de los personajes reales: el comisario Fonseca es en la realidad el comisario Roberto Conesa, su ayudante Sánchez Ariño “Dillinger” es en realidad Antonio González Pacheco, “Billy el Niño”. Y el pobre Fernando Claudín se ha convertido en la novela en Justo Cerdán, cargándole el mochuelo de “intelectual cabeza de chorlito”, aunque la definición no será de Vázquez Montalbán, sino de Jorge Semprún, en una novela anterior. El único que conserva su verdadero nombre es Rafael Alberti, el cual leerá un poema en el funeral de Fernando Garrido, poema que, la verdad sea dicha, aunque no lo escribiera Alberti no desmerece junto a los versos que sí escribió el poeta en sus últimos años.

“Asesinato en el Comité Central” es un novela que se sale de los moldes carvalhianos. Carvalho deja a un lado su historial en la C.I.A. y vuelve a sus recuerdos de militante comunista. Aunque, como la cabra siempre tira al monte, la C.I.A. vuelve a asomar su siniestra oreja en esta narración, como la asoma en casi todas las novelas de la saga. Pero, eso sí, Carvalho administra un purificador tirón a esa oreja. Además, nuestro detective abandona la geografía gastronómica de Barcelona, que tan bien conoce, y se lanza a hacer un periplo por los restaurantes madrileños. Desde el “Lhardy” a “La Gran Tasca”, pasando por el piso desangelado de Carmela, militante de base y apasionada por la comida rápida. Adelanto que Carmela será el nexo que unirá esta novela con “El premio”, publicada en 1996 y que narra la vuelta de Carvalho a los Madriles. El cocido madrileño y los callos quitan esta vez el puesto a la cocina catalana, y un mercado de Diego de León al de la Boquería.

Puedo aseguraros que, a pesar de estas dos innovaciones, la obra no desmerece al lado de otras en las que Carvalho campa y come por terrenos conocidos. Es una magnífica novela. Tan magnífica y nostálgica como la película que he nombrado anteriormente. Leída veintiocho años después, en la quietud de las fiestas navideñas te deja un regusto amargo, un estado de ánimo nostálgico, no se sabe muy bien de qué. Quizás de aquella época, ni peor ni mejor que la de ahora, pero en la que la realidad todavía no nos había quitado demasiadas ilusiones. Ilusiones políticas, se entiende.

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Responses

  1. Comentario muy acertado y que comparto en su totalidad. Ahora bien, mi edad supera tus límites (28 x 2) y sin embargo la viví en su momento en “plenitud de facultades”.

    Un abrazo y…

    Feliz 2010.

  2. Pues entonces, ¡te recomiendo encarecidamente la novela! Yo también supero ese límite. Es el límite mínimo

  3. Hola amigo, coincido con tu comentario sobre la novela.

    Sólo dos correcciones: me parece que Justo Cedrán no representaba a Fernando Claudín, sino Manuel Sacristán, y la definición de “intelectuales con cabeza de chorlito no es de Semprún sino de la Pasionaria. Tú que lo viviste en persona a lo mejor me puedes corregir.

    Buen post y mejor novela.

  4. Muchas gracias por el comentario. Evidentemente Vázquez Montalbán no tiene que hacer una caracterización exacta de los personajes. Yo creo que es Claudín, pero puede ser Sacristán. Y en lo segundo completamente de acuerdo. La frase está tomada de la “Autobiografía de Federico Sánchez”, donde Pasionaria la dice. Es lo que intenté poner en la entrada, pero quizás no se me ha entendido bien. Aclaremos: la frase es de Pasionaria, en la novela de Semprún. Saludos.


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