Posteado por: fernando2008 | 23 diciembre 2009

Mircea Eliade. Tratado de historia de las religiones. Morfología y dinámica de lo sagrado.

Si tuviera que clasificar los libros que he leído, por la cantidad de notas que de ellos he sacado, entonces éste sería el más importante de todos los libros que he leído en mi vida. ¡Cincuenta folios manuscritos por las dos caras! Ahora, una vez que me he empapado de las ideas de Eliade, comienzo la aventura de intentar compartir las más importantes de dichas ideas con vosotros.

La obra comienza con un prólogo de Georges Dumézil, en el cual Dumézil intenta sistematizar la idea de “religión”. Sabemos que se ha abandonado (se abandonó en 1940) el proyecto de encontrar los orígenes de la religión. Hoy lo que se estudia son las estructuras, los mecanismos, el equilibrio, definidos en toda teología, en toda mitología, en toda liturgia.

Comienza Eliade un su propio prólogo definiendo “hierofanía” es decir la manifestación de lo sagrado, cuando lo sagrado se manifiesta a través de objetos de nuestro cosmos habitual. En un nivel inferior, nos encontramos con las “cratofonías”, o manifestaciones de fuerza.

Continúa Mircea estudiando lo sagrado. En una definición simplista, “lo sagrado” es lo que se opone a “lo profano”. Pero pronto veremos que lo sagrado, a través de las hierofanías, va asimilando cada vez más parcelas de lo profano, hasta que ciertas experiencias religiosas superiores identificarán lo sagrado con el universo entero. Y la sacralidad se extiende no sólo en el espacio; se extiende también en el tiempo. Para el hombre antiguo la sacralidad es lo real, y cuando más religioso es el hombre, tanto más se aparta de un devenir que se le aparece como carente de significado. El hombre religioso tiende siempre a revivir el tiempo sagrado, tiempo en el que se desarrolló la hierofanía primigenia. Mediante diversos ritos y ceremonias revive ese acto original que se desarrolló “in illo tempore” conectando así el acto original con la ceremonia actual al meter ambos dentro del tiempo sagrado. Lo demás, el devenir, es una historia sin interés.

El autor traza posteriormente la evolución de las ideas religiosas. Antes de entrar en este punto, debo aclarar que el orden que seguiré en esta reseña es el mío, no el de Eliade, y que las ideas más elementales no son necesariamente las más primitivas. Añadiré, además, una idea previa que Mircea pone entre sus últimas conclusiones: el sincretismo en las religiones es tal, que no existe ni un solo demonio agrario que no sea el resultado de un proceso de asimilación e identificación con las formas divinas vecinas. Al mismo tiempo, la tendencia a encarnar los arquetipos hace que toda diosa tienda a convertirse en la “Gran Diosa” aunque, evidentemente, no todas lo consiguen.

Comenzamos con el “mana”, fuerza misteriosa y activa que poseen algunos individuos, las almas de los muertos y todos los espíritus. Posteriormente, aparecen los dioses del cielo. Según Eliade “el carácter mismo de la contemplación del cielo hacía posible que, junto a la revelación de la condición precaria del hombre y la trascendencia de la divinidad, se revelara la sacralidad del conocimiento, de la fuerza espiritual.” Así aparecen los dioses uránicos, dioses que están demasiado lejos, que no hacen caso a las plegarias de los hombres. Son los “dioses ociosos.” Y los hombres les olvidan, apenas le rinden culto. Por esto, la divinidad uránica evolucionará, convirtiéndose en soberanos universales, guardianes de la norma y del orden cósmico. Posteriormente, al atributo de la soberanía universal se le unirá el atributo del dios creador, el principio masculino, esposo de la Gran Diosa telúrica, el dispensador de la lluvia. Poco a poco, los dioses fecundadores sustituirán a los dioses uránicos. Es lo que Eliade llamará “sed de lo concreto”, el deseo del hombre de tener una divinidad más cercana a ellos. Este deseo producirá la figura del “hijo del dios”. En un principio, son dioses de la vegetación, pero al final serán algo más. Asumirán el destino del hombre, conocerán sus pasiones, sus sufrimientos, su muerte. Serán, en fin, divinidades sotéricas (De “Soter”, Salvador) que compartirán el sufrimiento de la humanidad y morirán y resucitarán para salvarla (Dionisos, Osiris). Los hijos de los dioses arrinconarán a las divinidades celestes y adquieren su importancia, no por ser hijos de un dios, sino por su humanidad, aunque logren exceder esa humanidad con su resurrección. Estos hijos de dioses adquirirán el atributo solar con sus cualidades de hierofante (creadores de ritos de iniciación) y psicopompo (conductor de las almas a las regiones de ultratumba).

Mientras que el sol no cambia, es siempre igual a sí mismo, la luna cambia, tiene devenir, es el astro de los ritmos de la vida, se identifica con las aguas, con la vegetación, con la fertilidad, con lo femenino. El agua da vida y al mismo tiempo disuelve definitivamente el alma del muerto, librándolo de la condición humana que, tras su muerte, quedaría larvada y llena de sufrimientos. Esto es lo que indicará el concepto de “el muerto que tiene sed”. La luna, la mujer y el agua serán manifestaciones de la fecundidad y de la regeneración. La agricultura, invento femenino, revelará al género humano que la semilla muere para germinar, lo mismo que el hombre muere para resucitar a otra vida. La fecundidad dará lugar a los cultos vegetales, a la idea de la inmortalidad, y a los cultos para conseguir la salvación.

Debo terminar en algún momento esta entrada, y éste es tan bueno como cualquier otro. Soy consciente de que ni siquiera he arañado la parte más superficial de esta obra maestra. Pero el esfuerzo no ha sido en vano, al menos para mí: ya tengo preparados otros libros de Eliade, que comenzaré a leer mañana mismo. Y mi satisfacción sería completa si pudiese convenceros de que hagáis lo mismo. Si así lo hicieseis, muchos cabos sueltos encontrarían su explicación y encajarían en vuestra forma de pensar y, como consecuencia, en vuestra forma de vivir.

El hombre ha creado el mito y ha creado el culto. Tanto el uno como el otro nos revelan, desde la más remota antigüedad, una verdad que nos empeñamos en ignorar a pesar de su evidencia: los dioses no son hombres, son otra cosa. El dios no es bueno ni es malo: está en otro plano. Por eso, Osiris tiene a su lado a Set, Ormuz a Arimán. Son las dos caras de una misma moneda. De la misma manera que Isis y Osiris, Júpiter y Juno en realidad no son parejas divinas, sino una única cosa. Son pobres metáforas que los humanos usan para expresar la idea de lo Sagrado, de lo Absoluto: la unión indisoluble de el Bien y el Mal, lo masculino y lo femenino, el tótem y el tabú.

Vostell El muerto que tiene sed.

Anuncios

Responses

  1. Thanks for posting this!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: