Posteado por: fernando2008 | 18 diciembre 2009

Harry el Sucio.

– ¡Maestro, maestro, me ha dicho Javier que vas a escribir sobre “Harry el Sucio”!.

– Adso: lo primero que tienes que hacer es entrar despacio en este santo scriptorium y luego saludar correctamente. Llevas meses sin aparecer por aquí y ha bastado el olor de la sangre y de la pólvora para que vengas corriendo.

– Laudetur Iesus Christus fray Guillermo. Pero dime ¿es verdad?.

– ¿Que Jesucristo debe ser alabado?

– No seas malo, maestro, porfa.

– ¡Horrible expresión! Pero, por lo menos, tú no tienes móvil para masacrar la lengua. Sólo puedes masacrarla con la palabra.

– ¿Vas a escribir o no?.

– Sí. Lo he prometido y voy a hacerlo. Pero no creo que te guste lo que voy a escribir.

– Seguro que sí. El inspector Harry Callahan es mi detective favorito.

– No es un detective.

– ¿Cómo que no, maestro?. Es un detective muy valiente, que resuelve todos los casos, sin andarse con sutilezas de picapleitos. ¡Es el detective más grande de San Francisco!

– Adso, lo único grande que tiene Harry Callahan es el revólver Magnum, calibre 44. Todo lo demás lo tiene chico, incluyendo su cerebro. Harry es un fascista, un chulo con pistola.

– ¿Porque no hace caso a las triquiñuelas de los picapleitos?.

– Eso que tú llamas triquiñuelas, es la base de nuestra civilización. Es el Derecho, la Justicia.

– ¡Son artimañas para escapar del justo castigo!.

– El estado es el que tiene, o debe tener, el monopolio de la violencia. No los particulares. Y esa violencia debe ser administrada cumpliendo todos los requisitos legales, no según el capricho de una persona, por muy buenas intenciones que tenga. Siempre estará tentando de dejarse llevar por impresiones subjetivas.

– ¡Harry el Sucio no es subjetivo! Descubre al delincuente y los castiga.

– No Adso. Decide quién es delincuente, instruye el sumario, lo juzga, lo condena y lo ejecuta. Pocas veces se ha concentrado un poder tan grande en una persona. Y el poder absoluto es lo opuesto a la justicia. Y mentes desequilibradas como, por ejemplo la de Massimo Tartaglia, pueden creerse la reencarnación de Harry.

– ¿Vas a comparar a Tartaglia el atacante de Berlusconi con Harry, mi héroe?

– No, porque Harry saldría mal parado. Al menos Tartaglia tiene problemas mentales. Harry es un hombre “normal”, aunque sea un ente de ficción. Encarna una idea maligna.

– No veo cual.

– La idea de que cualquiera puede hacer justicia por su cuenta. A un jefe de gobierno o a un criminal. Si. Incluso un criminal debe tener un juicio justo, no ser eliminado como una alimaña.

– ¿Si un monstruo viola y mata a una niña, debe tener un juicio para que pueda escaparse con alguna triquiñuela legal que le facilite un picapleitos bien pagado?.

– Precisamente hace poco se ha producido una monstruosidad igual o mayor que la que acabas de decir. Un pobre hombre ha sido acusado de violar y matar a una niña, siendo inocente. Quedará marcado para siempre, mientras que los autores materiales de esa monstruosidad se irán de rositas. Los policías querían un caso resuelto, los médicos no se preocuparon en hacer bien su trabajo y los periodistas… A los periodistas no les importó lo más mínimo la verdad. Ellos querían una historia que les permitiese vender periódicos. Una historia con sangre y morbo, como las que te gustan a ti. Si este caso hubiese caído en manos de Harry, el pobre Diego estaría ahora con un montón de balas de la Magnum de Callahan en el cuerpo. No se buscaba la justicia; se buscaba el espectáculo, el espectáculo vil de pan y circo. Pero circo mediático con mucha sangre.

– Vamos, maestro, si alguien de tu familia hubiese sufrido una agresión, una violación, no hablarías así.

– Posiblemente, Adso. Pero para eso está el Estado, para impedirme que tomase venganza. Pero, al mismo tiempo, recordaría la historia de Caryl Chessman.

– No me suena.

– Porque ocurrió hace muchos años. Es la historia de un delincuente de poca monta, al que acusaron de violar y torturar a dos mujeres.

– ¡Vamos! Lo cojo yo y…

– No te preocupes. Lo cogieron. Y lo condenaron a muerte. De analfabeto que era, Caryl se convirtió en el empollón del corredor de la muerte. Estudió, se hizo abogado, dominó el latín, escribió libros. No le sirvió de nada. Tras doce años de lucha fue ejecutado. Murió con la misma dignidad que Sócrates, ese filósofo pasado de moda que decía que era preferible sufrir la injusticia que cometerla. Antes de morir, Chessman escribió: “Cuando usted lea esto habré cambiado una pesadilla de doce años por el olvido. Y usted habrá sido testigo del acto final y ritual. Abrigo la esperanza de morir con dignidad, sin miedo animal y sin valentonadas. Tengo respeto por mí mismo. Me siento extremadamente tranquilo”.

– ¡Pero se hizo justicia!

– Pues no. Luego se demostró que era inocente. Pero ya la sociedad había tenido su ración de sangre, que era lo que buscaba.

– Hombre fray Guillermo, en casos así…

– ¿Y en qué se diferencia este caso de otros muchos?. La violencia es algo que debe administrarse con mucha precaución. Es aplicando la ley, como en el caso de Chessman y se comenten errores ¡cuánto más errores se cometerían si en vez de la justicia nos mueve la adrenalina!.

– Con Harry Callahan está muy claro quienes son los malos y quienes son los buenos.

– Efectivamente. Pero en la vida real, las situaciones no están tan claras. Un acusado debe ser considerado inocente, aunque se piense que ha violado, quemado y matado a una niña de tres años. Un presidente de gobierno debe tener su cara a salvo, aunque tenga un morro que se lo pise. Y un asesino no debe ser ejecutado. Porque entonces el Estado se convierte también en asesino. Y matar con una cámara de gas, después de doce años, es mucho más cruel que matar al instante con una Magnum.

– Resumiendo: nunca, o en muy pocas ocasiones, sabremos si administramos correctamente la justicia.

– Es que la vida no es de un color o de otro, sino de una interminable gama de grises. Hablando de colores ¿sabes como averiguaba yo quienes eran los buenos y los malos en mi lejana juventud?

– ¿Cómo?

– Elemental, querido Adso. Los vaqueros buenos siempre montaban caballos blancos, y los malos caballos negros.

– ¡Así cualquiera!

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Responses

  1. Todo lo que dices es cabal y es cierto pero…

    Como dije, en muchas ocasiones, legalidad y justicia siguen caminos divergentes en lugar de paralelos y eso hay que corregirlo de inmediato de la misma forma que no hay que condenar a un inocente.

    Por cierto, no creo que Harry sea ejemplo de nada ni Sócrates sea la verdad absoluta.

    Tal como dije, yo no aceptaría nunca ser sacrificado como un manso cordero. Lo siento. Nunca he puesto -de forma consciente- la otra mejilla. Eso sí, cada día procuro ser mejor persona para mis semejantes y eso no es incompatible con tener, lo que se conoce como “carácter”.

    Gracias por todo Maestro y procuraré segir con tus enseñanzas.

    =D

  2. Lo bueno que tenemos nosotros, los laicos por no decir otra cosa, es que no nos creemos en posesión de la verdad absoluta. Y, desde luego, la legalidad no siempre es justa. Por cierto, como ves, el comentario ha llegado magníficamente. ¡Nada como un iPhone!

  3. Hola me encanta vuestro blog, si queréis os añado a mis enlaces favoritos en mi web y vosotros me añadís a mi, saludos y gracias por la información que a diario ponéis en la web, nos vemos!!

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  4. Harry era guapísimo, pero es verdad que tenía el cerebro de un mosquito y la agresividad de una hiena. De todos modos molaba. Es solo ficción, como Robin Hood o Superman. Fantasía que no debe tomarse como ejemplo. Un héroe urbano, atractivo y violento como casi todos los héroes, incluidos El Cid, Sigfrido o Roldán. Al fin y al cabo es solo literatura…o cine.

  5. Efectivamente. Es más fácil ser héroe siendo violento que siendo pacifista


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