Posteado por: fernando2008 | 14 diciembre 2009

Las barbas de Silvio Berlusconi.

Caricatura de la prensa italiana.

Vaya por delante mi más absoluto rechazo a Berlusconi, tanto en el aspecto político como en el aspecto personal. Como mi rechazo es absoluto, no perderé el tiempo entrando en detalles.

Hace tiempo, leí una novela de ciencia-ficción. En dicha novela, dos viajeros del tiempo llega a Europa y no saben exactamente en qué fecha están. El más avispado pregunta a primer indígena que encuentra: “¿Cuál cree usted que es la causa de los horribles momentos por los que pasa nuestro continente?”. El otro viajero se limita a callar, aterrado. Cuando se van, tras conseguir una valiosa información, el segundo le reprocha: “¿Qué hubiese pasado si Europa no atravesase un mal momento?” Y el primero le responde con suficiencia: “No te preocupes. Desde la época de Julio César, Europa no deja de pasar por malos momentos”. Y tenía razón. La prueba evidente es la agresión al primer ministro italiano. Y, para mí, lo más inquietante es que el autor de la agresión sea un desequilibrado.

Estamos asistiendo en la actualidad a una degradación de la política. No es que el quehacer político haya sido en épocas pasadas un paraíso, evidentemente. Pero nunca se había degradado en tal medida. Ya no se trata de convencer al mayor número posible de votantes de la bondad de un determinado programa. Se trata de demonizar al contrario. El enemigo, que no adversario, es la quintaesencia del mal: se pasa veinticinco horas al día trabajando por hundir el país, intenta fomentar todos los vicios, todas las corrupciones, roba, miente, asesina. Absolutamente todo lo que hace está mal. No toma medias o, cuando las toma, son tardías, ineficaces, agravan más la crisis y son improvisadas. ¿Les suenan?. Son los adjetivos que he oído hoy en el telediario. Lo malo es que estos adjetivos de hoy, son iguales o muy parecidos a los que se decían en el telediario de ayer.

La política es el arte de lo posible. Es el arte de convencer a una mayoría que unas determinadas ideas son buenas, aquí y ahora. Quizás dentro de unos meses, o dentro de unos años, esas ideas puedan ser contraproducentes. No perversas; sencillamente contraproducentes. Y si un grupo convence a una mayoría de ciudadanos, se debe aplicar el programa de ese grupo. Y cuando otro grupo, que quiere el bien común exactamente igual que el primero, convence a la misma mayoría, debe asumir el poder. Y todo partido político hace tres tipos de cosas: buenas, regulares y malas. Ningún partido es la Maldad suprema, de la misma manera que ninguno es la suprema Bondad.

Esto, que debía ser algo de cajón de madera de tabla, es ignorado olímpicamente en nuestro actual juego político. Se entra en un partido como si se entrase en la Orden del Temple: a partir de ahora los amigos de la orden serán mis amigos, y sus enemigos los míos. Lo que diga el partido está bien, siempre. Lo que diga el partido contrario está mal, inexcusablemente. Vivo dentro del partido, me relaciono sólo con gente del partido, hago negocios con mis correligionarios y miro a todo lo que hay fuera con hostilidad. El partido es infalible. Sólo hay salvación dentro del partido. Hemos vuelto a épocas que creíamos felizmente pasadas.

Debido a estas ideas, estamos volviendo al fundamentalismo. Y no me refiero al fundamentalismo exterior. En nuestra vieja y civilizada Europa está creciendo una ola de fundamentalismo, tan estúpido y criminal como todos los fundamentalismos: el fundamentalismo del monopolio de la razón. El funcionamiento de este fundamentalismo es muy simple: mi partido, mi iglesia, tiene razón. Ergo, aquel que no comulgue conmigo no es que esté equivocado: está poseído por Satanás, por la ambición, por la demagogia, por el odio a mi país. Y a esas ratas, hay que exterminarlas.

De la misma manera que la estupidez de algunos medios de comunicación cala inmediatamente en el público haciéndolo estúpido, el fundamentalismo político cala en las mentes más inestables haciéndolas criminales. Cuando esa pobre mente oye por milésima vez que Silvio Berlusconi es…(póngase aquí el adjetivo más calificativo que cada uno prefiera), considerará que romperle la cara es un acto heroico. Y se lanzará a conseguir el heroísmo, como otros se lanzan a conseguir el paraíso.

¿Y en España? En España vamos por el mismo camino. Unos odian a Zeta P, otros al “Señor de los hilillos” y todos consideran que los demás no es que no tengan razón, no es que piensen honradamente que sus ideas políticas sean las mejores; es que son unos criminales a los que había que partir también la cara, si no con la maqueta de la catedral de Milán, sí al menos con la de León. Es la España sin términos medios, la España del blanco o negro. Las dos Españas, una de las cuales condena al presidente de un partido, Melquíades Álvarez, por fascista, mientras que la otra condena a Filiberto Villalobos, del mismo partido, por comunista. Y todos sabemos el miedo que nos provoca la simple mención de las dos España.

Si un político es malo, se le debe dejar de votar, si es corrupto, se le debe juzgar, si es ridículo se le debe ridiculizar con caricaturas como las que pongo al comienzo y al final de esta entrada. Pero nunca, se le debe agredir y, mucho menos, se debe crear un estado de opinión en el que se crea que es legítimo acabar con él. Porque cuando las barbas de Berlusconi veas pelar, ya sabes qué es lo que tienes que hacer con las tuyas.

Sigmund Freud decía que el primer ser humano que insultó a su enemigo, en vez de tirarle una piedra, inventó la civilización. Y yo añado que el pasar de nuevo del insulto a la agresión, es volver a la barbarie.

Cartel en una pared de Catania. Marzo 2009

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Responses

  1. Tienes razón, como casi siempre, en lo que dices.

    Pero tu argumento tiene un pero…

    No hay que agredir pero si te sientes agredido y este tipo, Berlusconi, lo hace a diario con todas las instituciones de su país para vilipendiarlas porque quieren procesarle; construyendo un muro de inmunidad contra todos los juicios que tiene pendientes por su inmoralidad manifiesta; por su creencia de que es dios reencarnado en este planeta; por creer que no es igual que sus compatriotas -aunque se ha demostrado que sangra igual que ellos y que es mortal, como todos nosotros- etc. etc., lo lógico es que a algún ciudadano se le crucen los cables y le sacuda un porrazo, que dicho así, entre nosotros y sin que nos oiga nadie, hace tiempo que se lo tenía merecido por lo vil que llega a ser.

    Ya es hora de que los ciudadanos normales, que somos en definitiva los que ponemos a los que administran nuestras vidas y hacienda, los que debemos ser mucho más exigentes con ellos y no perdonarles el mal uso o abuso que hacen de ese poder que les hemos otorgado.

    Ya es hora de que los políticos entiendan que la cúspide de esa pirámide somos nosotros, los ciudadanos y no ellos.

    Ya es hora de dar un escarmiento bien grande a todos aquellos que hacen un uso espurio de la política o de la profesión de servidores públicos.

    Ya es hora…

    La paciencia tiene un límite y se debe actuar pero jamás debemos admitir que aparezcan los salvapatrias de siempre. Esos que nos han conducido históricamente a la ruina, vengan con uniforme o con americana de diseño; con bigote o bigotin; con pelo engominado o rapado. Da lo mismo.

    No hay que darles de comer.

    Hay que ser decente, honrado y cabal, pero con derecho al cabreo y a otras cosas, claro.

  2. ¡Justiciero estás! Te voy a dedicar mi próxima entrada.En el siglo XVI había un fraile dominico que defendía el tiranicio. Y hace poco, hablé de Bruto. Mi próxima entrada será sobre Jarry el Sucio. Pero mientras, piensa: ¿Qué es peor, sufrir la injusticia, o cometerla?.

  3. Pregunta con trampa, Maestro.

    Lo que preconizaba ese fraile dominico, el tiranicidio, es simplemente, “defensa propia”. Dicho de otra forma: podría considerarse justo el ajusticiamiento, por ejemplo, de un degenerado y genocida como Hitler?

    Pues sí, en mi opinión.

    O sea que este asunto es demasiado espeso o complicado para tratarlo con ligereza y dar una imagen errónea.

    La justicia y la legalidad muchas veces van por caminos bien diferentes y son divergentes en lugar de paralelos, como debería ser, pero no es… lamentablemente.

  4. No, esa pregunta no tiene trampa. Se la planteó hace 2300 años un ciudadano común y corriente que dudaba entre escaparse de la cárcel a la que había sido condenado injustamente, con lo cual cometía una injusticia o aceptar su ejecución injusta, con lo cual padecía la injusticia, pero no la cometía.
    El ciudadano en cuestión se llamaba Sócrates.

  5. Pues yo, seguramente me escaparía de la cárcel. Pero sigo pensando que la cuestión planteada por Sócrates es un “exceso” ante el cual, las dos respuestas posibles o una tercera, no dicha, el suicidio, son válidas.

    Es mi opinión, claro.

  6. Cedo la palabra a Sócrates en el diálogo “Critón”.
    SÓC.-Luego de ningún modo se debe cometer injusticia.
    CRIT.-Sin duda.
    SÓC.-Por tanto, tampoco si se recibe injusticia se debe responder con la injusticia, como cree la mayoría, puesto que de ningún modo se debe cometer injusticia.
    CRIT.- Es evidente.
    SÓC.- ¿Se debe hacer mal, Critón, o no?
    CRIT.- De ningún modo se debe, Sócrates.
    SÓC.- ¿Y responder con el mal cuando se recibe mal es justo, como afirma la mayoría, o es injusto?
    CRIT.- De ningún modo es justo.
    SÓC.- Luego no se debe responder con la injusticia ni hacer mal a ningún hombre, cualquiera que sea el daño que se reciba de él. Procura, Critón, no aceptar esto contra tu opinión, si lo aceptas; yo sé, ciertamente, que esto lo admiten y lo admitirán unas pocas personas.
    SÓC.-A partir de esto, reflexiona. Si nosotros nos vamos de aquí sin haber persuadido a la ciudad, ¿hacemos daño a alguien y, precisamente, a quien menos se debe, o no? ¿Nos mantenemos en lo que hemos acordado que es justo, o no?
    CRIT.- No puedo responder a lo que preguntas, Sócrates; no lo entiendo.,
    SÓC.- Considéralo de este modo. Si cuando nosotros estemos a punto de escapar de aquí, o como haya que llamar a esto, vinieran las leyes y el común de la ciudad y, colocándose delante, nos dijeran: “Dime, Sócrates, ¿qué tienes intención de hacer? ¿No es cierto que, por medio de esta acción que intentas, tienes el propósito, en lo que de ti depende, de destruirnos a nosotras y a toda la ciudad? ¿Te parece a ti que puede aún existir sin arruinarse la ciudad en la que los juicios que se producen no tienen efecto alguno, sino que son invalidados por particulares y quedan anulados?”

  7. Triste lo que le ha pasado a Berlusconi, pero como él es amigo de contar chistes y gracias en los momentos más inoportunos, ahí van dos, que seguro que a alguien con ese sentido del humor le divertirán mucho:

    1.- Dicen que fue Berlusconi al circuito de Monza a hacerse publicidad como de costumbre, y para salir en los noticiarios decidió probar él mismo un Fórmula 1. En la primera curva se salió, y se estrelló contra las protecciones. Rápidamente se acercaron las asistencias y las cámaras de televisión temiéndose lo peor, y allí sólo había un granjero con una pala, que cuando le preguntaron por el Cavaliere dijo: “Parecía muerto, pero cuando me acerqué abrió los ojos y dijo que ‘estaba bien y que no le pasaba nada, que sólo estaba un poco asustado’, pero sabiendo lo mentiroso que es, yo lo enterré de todos modos”.

    2.- Dicen que hubo un incendio en Villa Certosa y ardió la biblioteca personal de Berlusconi. Los dos libros se quemaron. El Cavaliere estaba desolado porque todavía no había acabado de colorear el segundo.

  8. En eso estoy de acuerdo. Se deben hacer chistes sobre él, no golpearle. Y menos con una maqueta de la catedral de Milán, la más francesa de todas las catedrales italianas. Sobre todo porque en la plaza de la catedral de Milán colgaron a una persona que se le parecía mucho

  9. Los tortazos que se le peguen a ese payaso deben ser verbales. Totalmente de acuerdo. Y se los merece todos.

  10. Verbales quería decir.


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