Posteado por: fernando2008 | 27 noviembre 2009

Fred Vargas. Huye rápido, vete lejos.

Mis arreos son las armas

mi descanso el pelear,

mi cama los duras peñas,

mi dormir siempre velar;

Os aseguro que en estos momentos tengo encima de mi mesa el editorial “La dignidad de Catalunya”. Como ciudadano consciente de que mi derecho a Internet comporta una serie de obligaciones, me disponía a escribir sobre tan escabroso asunto.

Pero ha sido una semana particularmente agitada. He tenido que correr de un lado para otro, yo, que comparto con mi admirado Asimov una peculiarísima agorafobia: experimento cierta inquietud cuando estoy mucho tiempo alejado de mi estudio. Para remediarlo, me he prescrito un descanso. Y, mi descanso no es el pelear, sino el leer. Por eso, ha caído en mis manos este libro de Fred Vargas, libro que me he leído de una sentada.

Creí que ya había visto y leído todo sobre novela negra. Me equivocaba. Me faltaba Fred Vargas, un autor inclasificable de novelas policíacas inclasificables.

Imaginaos un marinero bretón que vive en París, ve a su abuelo muerto, habla con él y tiene un extraño negocio: lee los avisos que le dejan en una caja que está atada a un árbol en una calle. Imaginaos a un comisario que descubre en las puertas de determinados edificios de París un cuatro al revés y en esas casas aparecen cadáveres con pulgas y pintados de negro. Este comisario tiene tan poca memoria que olvida el nombre de sus subordinados, por lo que éstos se lo tienen que recordar constantemente. Y tiene tan mala suerte que cuando encuentra el amor de su vida, lo pierde. Afortunadamente, uno de sus subordinados encuentra a la chica nada menos que en Lisboa. E imaginaos por último una prostituta gorda, negra y vieja pero que tiene un don: todo el que la ve desea inmediatamente recostar su cabeza en sus grandes y negros pechos.

Pues bien, todos estos personajes que chirriarían en cualquier otra novela, aquí se mueven con toda naturalidad y al cabo de unas cuantas páginas, el lector acepta que el marinero hable con su abuelo muerto o que todo el mundo esté interesadísimo en conocer los mensajes depositados en la caja colgada del árbol. La atmósfera tétrica y un poco cutre de las novelas de Maigret, está aquí superada al añadirle un ligero toque sobrenatural.

¿Y la trama de la novela? Pues la trama puede resumirse en que el marinero bretón recibe mensajes que hacen pensar a la policía que alguien está esparciendo la Peste Negra por París. Derrochando conocimientos de historia y de medicina, el misterioso asesino intenta que la policía piense esto, pero comete al mismo tiempo unos fallos garrafales: las pulgas que aparecen en los lugares de los crímenes no están infectadas con ninguna enfermedad y los cadáveres aparecen negros porque alguien los ha pintado, cuidadosamente eso sí, pero con polvo de carbón.

Creo que estamos ante un autor que llegará a ser un clásico. De novela negra, pero clásico. Al fin y al cabo, el clásico es aquel autor que conecta con los arquetipos que están en el inconsciente colectivo, por lo que sus obras siempre estarán de actualidad, siempre dirán algo al ser humano de cualquier siglo. Y esto se puede aplicar también incluso a la despreciada novela negra.

Las historias de detectives son historias simbólicas de la eterna lucha del Bien contra el Mal. Son narraciones en las que el arma del Bien, en manos del gran detective, está formada en un 50% de Razón, la Razón que lucha por restablecer, en un mundo en el que el Mal ha generado desequilibrio y caos, el orden que cada uno de nosotros no puede por menos que desear. Y el otro 50% lo constituye la intuición, la visión del genio.

Sólo después, mucho después de haber terminado la novela, me he enterado que “Fred Vargas” se llama en realidad Frédérique Audouin-Rouzeau.  Que es “arqueozoóloga”, sea esto lo que sea, y que ha estudiado la historia de la transmisión de las epidemias, concretamente de la pulga que transmitía la peste. Y que también ha estudiado la economía en la Edad Media a partir del consumo de carne, un estudio que parte de otro sobre el tamaño de los animales de labor. Una extraña autora para una extraña novela.

He descansado y he leído una magnífica novela. Como decía Mao Tse Tung “Un día debe considerarse perdido, si en él no se ha ganado una batalla o leído sesenta páginas”. Yo he aprovechado el día: he leído cuatrocientas diez.

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