Posteado por: fernando2008 | 2 octubre 2009

Las Olimpíadas.

Olimpiadas

Hoy, voy a romper una de mis reglas más antiguas. Supongo que esto me acarreará un coste político, pues mis alumnos, que se pasan la vida incitándome a que hable de deportes, me lo echarán en cara. Y con razón. Pero hoy no puedo por menos que hablar de las Olimpíadas. Y hablar mal de ellas. Sé que ésta no es una idea muy popular pero, como dijo Michael de Saint Pierre: “La cualidad que más admiro es el valor. Es la suprema virtud de los héroes, los mártires y los profesores”. Seamos pues valientes.

No estoy en contra del deporte. Sé que necesito hacer ejercicio y a veces lo hago. Pero, como decía Ovidio: “Video meliora proboque, deteriora sequor”. Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo a lo peor. Hago ejercicio, cuando no encuentro una excusa para no hacerlo. Si la encuentro, me quedo feliz en mi sillón.

Estoy en contra del deporte-espectáculo. Me resulta tan absurdo como el imaginar que un grupo de personas se reúnan para ver y jalear a otro grupo de personas que estén, por ejemplo, comiendo. Pienso, quizás esté equivocado, que la bondad del deporte está en hacerlo, no en mirarlo.

Las Olimpíadas eran la gran reunión de Grecia. Se paraban los enfrentamientos, los caminos se volvían seguros, y todos acudían a Olimpia a rezar, a oír música, a recibir clases de historia de boca del propio Heródoto. (¡Que se escribe con tilde, demonios!). Además, se hacía deporte. Los atletas recibían como premio la gloria, una corona y una palma. Nada más. El vencedor del “Stadion” la prueba de velocidad, daba su nombre a la Olimpíada.

Hay una historia sobre las Olimpíadas preciosa. Os la copio. Diágoras es un viejo campeón olímpico, que ha dedicado su vida a entrenar a sus tres hijos. Los tres ganan el primer premio, cada uno en su especialidad y entonces:

“Los tres muchachos, luego de ser coronados con la gloria, se dirigen bajo la grada donde se sienta Diágoras, se quitan las coronas de las cabezas y las colocan en los cabellos blancos de su padre. Luego lo levantan sobre sus vigorosos hombros y le dan una vuelta al estadio. La muchedumbre se pone de pie en sus asientos, ovaciona, se estremece de emoción sagrada, arroja flores y hojas de laurel al padre y a los hijos.

Diágoras ve esa conmoción salida del fondo de la muchedumbre, levanta temblantes de emoción sus manos, saluda alrededor, sonríe tres veces feliz, llora.

Un espartano, cuando ve pasar frente a él al veterano campeón olímpico de cabellos blancos, sobre los hombros de unos hijos dignos de él, no puede más. Profundamente cautivado por la grandeza de ese momento, conmovido él mismo y con lágrimas en los ojos, le grita con toda su fuerza: “¡Muérete ya, Diágoras! No irás sino al Olimpo!” Y Diágoras no soportó más. Su envejecido corazón brincó, con un último aleteo. Y el viejo campeón olímpico giró sobre los hombros de sus hijos y cerró los ojos para siempre en un dulce y feliz sueño, el más feliz sueño que podría desear”.

Como veis, en ningún momento se habla de fichajes, de derechos de imagen, de primas y pluses. Los jóvenes griegos entrenaban su cuerpo y su espíritu. No fichaban para una marca de zapatillas de deportes. Corrían descalzos.

¿Y después?. Después vino el deporte-espectáculo, los graderíos aullando, la sed de sangre, los hinchas, los partidarios acérrimos que pueden matar por el color de una bufanda. Sé que soy viejo y estoy pasado de moda. Por lo tanto, me apoyaré en una voz más vieja y más pasada de moda que la mía.

“Es posible que nosotros mismos, como nación entremos en días de decrepitud. Todo, arte, literatura, costumbres, pasiones, parecen gastados. Los más nobles ocios del espíritu son remplazados por espectáculos groseros. Si los gladiadores pudieran renacer tendrían un éxito que no alcanzan las obras maestras de Voltaire, Racine, Corneille Molière”. Esto lo decía Chateaubriand en 1831. Entonces no existían aún los “tifosi”, los “holigans” ni los programas basura de la televisión.

No creo que nuestros deportistas olímpicos tenga armónicamente desarrollado sus cuerpos. Y mucho menos que su “mens” esté en consonancia con su “corpus”. Aunque reconozco que las Olimpíadas son infinitamente mejores que otros deportes-espectáculos tomados como pretexto por la masa para reunirse, vociferar y pedir sangre. Y a veces hacerla.

En cuanto al aspecto político : “Victis honos”! Honor a los vencidos. Se ha luchado bien, pero no se ha ganado. Al menos hemos visto, por un momento, a todos los poderes, reales y fácticos de España unidos en una ilusión común. Ojalá ese espectáculo se repita muchas veces.

Y, rompiendo otro de mis tabúes, diré para terminar que cuando las barbas de Madrid 16 vemos pelar, quizás debamos poner a remojar las barbas de otra ciudad. La ciudad en la que vivo. Deseo, de todo corazón, equivocarme.

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Responses

  1. Ha sido un espejismo. Hoy están todos dándose dentelladas ¡Una pena!

  2. ¡Ni el espíritu olimpico es capaz de acabar con el cainismo.! Por lo tanto, no nos metamos en más gastos.

  3. Tú eres el César, Maestro, Larga vida al Imperator

  4. Gracias, Pequeño Saltamontes. Larga vida y prosperidad para ti y los tuyos


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