Posteado por: fernando2008 | 10 septiembre 2009

Las guerra médicas del presidente Obama.

Termópilas

Pese a este titular, no voy a comparar al presidente Obama con Leónidas, ni a los “lobbys” médicos con Jerjes. La política actual no llega ni con mucho a los grandes hechos de Grecia. Y, desde luego, si hay que poner imágenes a la gesta de los espartanos, yo no elegiría esa ridiculez de “Los 300” (¿por qué no se dedicarán a contar historias de Batman, o de Frodo?) sino la impecable película “El león de Esparta”.

Había una vez, unos amigos míos viajeros impenitentes. Estando en Moscú, uno de ellos se puso muy malito. Fueron al hospital y cuando terminaron, pidieron la cuenta. Caras de asombro entre los médicos soviéticos. Incluso uno se permitió hacer un chiste: “En España, cuando se pasa por una calle ¿hay que pagarle al guardia urbano?”. En la Unión Soviética se tenía tan asumida la idea de que la sanidad es un servicio público, que el intento de pagarlo despertaba la hilaridad.

Bien, pues en el país más rico del mundo, la sanidad es algo que cada uno debe pagarse de su bolsillo. Y esto no es algo impuesto, contra lo que la gente luche: es una idea sentida por amplias capas de la población. La idea está arraigada hasta tal punto que ha sido propuesta por varios presidentes y rechazada. El propio Bill Clinton intentó escapar de los daños colaterales que dicha idea podía tener en su popularidad, poniendo a su mujer Hillary como parapeto.

El punto en el que quiero centrar mi atención, es el siguiente: un grupo, parece ser que numeroso, de personas rechazan algo que es beneficioso, tanto para su salud como para su bolsillo, por motivos ideológicos. No se quiere tener una sanidad pública, porque eso es socialismo. Bien, no se puede negar que, en los tiempos que corren, rechazar una mejora que ofrece el Estado, es digno de admiración.

Pero el verdadero problema, tal y como yo lo veo, es saber hasta que punto esta idea es genuina, o ha sido inculcada por una millonaria campaña pagada por las compañías médicas. Se habla de que esta campaña, destinada a crear dicha opinión, ha costado trescientos millones de dólares.

El silogismo podría montarse así: las sanidad pública es mala, porque desemboca en el socialismo. Y el socialismo es malo. ¿Por qué?. Porque va contra la libre empresa, contra el modo de vida americano. Y el modo de vida americano ¿a quién favorece? ¿A los cuarenta y cinco millones de norteamericanos que no tienen derecho a una mínima prestación sanitaria, o a las clases acomodadas?. ¿Deben sacrificar esos millones de personas su derecho a la salud en aras de que las grandes compañías sigan teniendo un jugosa cuenta de beneficios?.

Recuerdo que hace mucho tiempo, tanto que no le hice la correspondiente reseña, leí una novela sobre un médico americano. Era un buen chico que se esforzó durante toda su carrera, la terminó y, dado que no tenía dinero ni contactos, fue a un hospital de la beneficencia. Describía la noche de los sábados como de pesadilla: heridas de armas de fuego, heridas por palizas, sobredosis. La enferma favorita del médico era una anciana con una enfermedad terminal. Era su favorita, porque aceptaba que en ella se ensayasen todos los tratamientos, incluso los más dolorosos. En joven médico aprendió mucho de este improvisado conejillo de indias, consiguió una clientela particular, se hizo médico de una compañía, se inscribió en un club de golf y triunfó en la vida. Su única frustración era no poder decir a algunas de sus pacientes: “Deje de comer bombones, coma verduras y cave durante dos horas en su jardín. Así se le quitarán todos sus horribles dolores”.

¡Extraño país, donde las clases más pobres temen al socialismo!. Un país que tienen la mayor cantidad de predicadores de todas las tendencias y pelajes, que acaparan las audiencias de la radio y la televisión, y que se escandaliza porque un presidente va a un colegio a “adoctrinar” a los niños.

¿Y cuál es la solución?, preguntaréis. Ninguna. Cada país debe ser aquello que sus habitantes deseen. Con sus fallos, sus demagogias, sus mentiras. Nadie está legitimado para arreglar los países de los demás. Por muy buenas intenciones que tenga.

Porque recordemos que este mes se “celebra” el septuagésimo aniversario de la bienintencionada acción de un señor que quería acabar con todos los males del mundo mediante el predominio de la raza aria y terminó organizando la II Guerra Mundial.

Pero ése será el tema de la próxima entrada.

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Responses

  1. Precioso artículo. Claro y diáfano. Da gusto, Fernando ¿Será que nos estamos haciendo de la msma ideoogía?

  2. Pues sí, querida. Ya te he contestado en tu blog.


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