Posteado por: fernando2008 | 1 marzo 2009

Gioconda Belli. El pergamino de la sedución.

Juana de Castilla.

Juana de Castilla.

Uno de los trabajos más apasionantes del historiador es separar los datos falsos que el tiempo acumula sobre personas o eventos.
Gioconda Belli
La pasión, que en los hombres es causa de admiración, en las mujeres se interpreta como señal de desequilibro.
Gioconda Belli.
Ciertamente que cualquier mujer nacida con un gran talento en el siglo XVI, se habría vuelto loca, se habría suicidado o habría terminado sus días en una cabaña aislada, apartada del pueblo, medio bruja, medio maga, temida y objeto de escarnio.
Virginia Wolf. Una habitación propia.

Que la novela histórica está pasando por un buen momento es cosa sabida. Quizás porque estamos viviendo una época que no es especialmente agradable, y preferimos el pasado o el futuro para fantasear. Si al pasado le añadimos un poco de misterio, el guiso queda perfecto.
Algún día hablaré aquí de Ara Antón. Es también una novelista muy aficionada a mezclar pasado y presente. Pero hoy compartiré con vosotros la novela de Gioconda Belli.
Lucía, como Juana de Castilla, es una niña de dieciséis años. También es extranjera en España, como Juana lo fue en Flandes. Lucía va sintiendo en su interior los pensamientos de Juana, que comienzan en el mismo momento en que Juana nace.
Y Juana tiene muchos pensamientos. Es una chica fuerte, culta y coqueta, todo lo coqueta que se puede ser al lado de Isabel la Católica. Su salida de España, su deseo de brillar con luz propia, su enfado cuando su prometido no está en la costa esperándola, su enamoramiento de Felipe el Aconsejable, el que se dejaba aconsejar a ojos cerrados por sus cortesanos, va haciendo que se olvide de la rigidez de Castilla, sustituyéndola por la tolerancia y dulzura de Flandes. Asombra por su erudición al propio Erasmo. Durero le muestra sus grabados. Pero poco a poco se va viendo sola, sin su séquito, despedido por Felipe, y atrapada entre la tozudez de su marido y el frío cálculo de sus padres. Tras su vuelta a España, el deseo de reunirse con su marido que ha partido a Flandes, es publicado como desvaríos de loca. Ya en Flandes y para protegerse de sus celos, Felipe hace levantar acta de sus enfados, de que “se baña todos los días” o de que “se lava el pelo con mucha frecuencia, pero no asiste todos los días a misa”. Su padre, Fernando, se aprovecha de la agonía de Isabel para que ésta firme una cláusula de su testamento por la cual le da la regencia a Fernando si Juana es incapacitada; Felipe se asusta y reivindica ahora la cordura de su mujer.
Una anécdota de la “locura” de Juana se produce en su viaje de vuelta a España. Felipe embarca con él a unas prostitutas. Juana las hace bajar del barco, pero Felipe se las arregla para volver a embarcarlas. En medio del mar se desata una tormenta. Se dan órdenes de echar al mar a las prostitutas, dado que la tempestad es un castigo divino. Juana se niega “si no se arrojan con ellas a los que las han hecho embarcar, comenzando por el rey”.
Llegados a España, comienza la lucha por el poder entre Fernando y Felipe. Nadie hace caso a Juana. Cuando muere Felipe, Juana se ve obligada a alargar las exequias de su marido para dar tiempo a su padre para que vuelva de Italia. Prefiere al padre ambicioso antes que su suegro se haga cargo de la regencia. Y mientras, Cisneros se nombra a sí mismo regente. Castilla se divide entre Fernando, Maximiliano y Cisneros. A nadie se le ocurre pensar en Juana, la reina propietaria por derecho. Mientras los flamencos saquean el equipaje de Felipe, y Juana se ve obligada a abrir el féretro para comprobar si se han llevado también el cadáver de su esposo. Cuando gobierna, gobierna con acierto, y eso no le gusta a nadie.
Lo primero que hace el rey Católico al llegar a España es quitar a Juana su hijo Fernando, ya que Maximiliano tenía a Carlos. Encerrada en Tordesillas, a Juana sólo le queda la resistencia pasiva, de no comer y no cambiarse de ropa. Sus ataques de “locura” ceden inmediatamente cuando se la trata bien. Pero el cerco cada vez se hace más estrecho. Se prohíbe a todo el mundo verla, y a ella salir a a la calle. Se le llega a pegar.
Cuando su hijo Carlos es proclamado rey, el encierro continúa. A pesar de esto, los comuneros no logran arrancarle una firma contra su hijo. Como agradecimiento Carlos, las pocas veces que la visita, le va arrebatando los pocos bienes que le quedan.
Esta es la historia de Juana de Castilla que cuenta la novela. ¿Y la historia de Lucía? Bien, es una novela muy buena. Os recomiendo que la leáis y así os enteráis de las dos. Muchas gracias, Cristina, por descubrirme este libro. Tenías razón; es muy interesante.

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