Posteado por: fernando2008 | 12 enero 2009

Christian Jacq. “El faraón negro”

Cualquiera que haya hablado conmigo más de diez minutos, sabe que me gusta Egipto y la novela histórica. No ha sido pues una sorpresa recibir el seis de enero la novela “El faraón negro” del egiptólogo Christian Jacq. Antes de pasar a analizarla, me gustaría hacer algunas consideraciones generales sobre las novelas históricas que tienen como telón de fondo el Egipto de los faraones.
Estas novelas pueden dividirse, a mi parecer, en tres clases:
1ª Las que se ocupan principalmente de la ambientación histórica, como es la obra que estamos tratando.
2ª Las que se preocupan fundamentalmente de la historia que cuentan, como es la obra de Bolesav Prus “Faraón”.
3ª Las que son simplemente geniales, como “Sinuhé el egipcio” de Mika Waltari y conjugan las dos anteriores.
Una de las cosas que no tolero en estas novelas es lo que yo llamo “el síndrome de Wadi el Sebua”. Me explicaré.
Wali el Sebua “El valle de los leones”, recibe ese nombre por un templo que en él construyó Ramsés II, que estaba precedido por la reglamentaria avenida de esfinges con cuerpo de león. Las paredes de dicho templo están decoradas con pinturas del omnipresente Ramsés haciendo ofrendas a los dioses. Cuando el santuario es reutilizado como iglesia cristiana, las figuras de los dioses son borradas y Ramsés aparece haciendo la ofrenda ¡a San Pedro! Si el orgulloso faraón hubiese llegado a ver esta escena, el Éxodo se habría realizado a paso ligero. Pues bien, aunque parezca fuera de toda medida, hay novelas de este período que profetizan el cristianismo.
Tengo una especial inquina contra las profecías en general y, sobre todo, contra las que se hacen desde la cómoda seguridad de profetizar hechos que ya han ocurrido.
Jacq hace todo lo contrario. En sus novelas, los dioses de Egipto aparecen y toman partido, con toda su omnipotencia, a favor del Bien.
La trama de “El faraón negro” es muy sencilla. Pianjy, un faraón de origen nubio,  está muy tranquilo en su capital, Napata, hasta que le llega la noticia de que el malvado libio Tefnakt está conquistando Egipto. Pide consejo al dios Amón y éste le indica que debe defender a su pueblo. Tras enviar dos de sus capitanes con una vanguardia, parte en persona, con su mujer, su caballo, su mangosta y su ejército. Dado que él es muy bueno y sus enemigos muy malos, los dioses le ayudan descaradamente, gracias a lo cual consigue la victoria y vuelve a reunificar Egipto. El malo malísimo Tefnakt se arrepiente, es perdonado y incluso es nombrado gobernador de Sais.
Prefiero al Jacq egiptólogo al Jacq novelista. La ambientación, el color local, es excelente, pero la trama, como veis es pueril. Entonces ¿para qué pierdo el tiempo haciendo esta reseña? Pues porque sirve prácticamente para todas sus novelas y porque ¡qué demonios! no todos los libros tienen que ser serios. Además, Egipto siempre será Egipto, o por lo menos lo ha sido en los últimos cinco mil años. Todos temen al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides.

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