Posteado por: fernando2008 | 9 enero 2009

Timón el Misántropo, o el papel de la oposición.

Esta vez, sí puedo decir el nombre de nuestro protagonista. Se llamaba Timón, hijo de Equecrátides. Era un ateniense del demo de Colito.

Timón era un misántropo. No es que fuera un poco antipático, o misógino, no. Era el Misántropo por antonomasia: odiaba a la humanidad. Cuando vio a alguien ahorcado en una higuera dijo que ojalá todos los árboles diesen el mismo fruto. Se alegró mucho cuando Alcibíades fue nombrado jefe de la expedición ateniense a Siracusa, porque adivinaba la catástrofe que al final ocurrió. Una actitud, como veis, tan estúpida como perversa.

Bien, dejemos Grecia y volvamos a la dura realidad española. Como intento que esta bitácora sea lo más asequible que se pueda, dejaré a un lado bibliografía y noticias para basarme, sobre todo, en el sentido común.

Simplificando mucho, la cuestión es la siguiente: un partido gana las elecciones y gobierna aplicando su programa. Los otros partidos, que han perdido, fiscalizan al gobierno del partido ganador, e intentan que se lleve a la práctica, mediante pactos y consenso, algunos puntos de sus programas, los puntos que estén más cercanos a los del programa ganador. Y todos, gobierno y oposición, trabajan por el bien del país.

Obvio. De Perogrullo. Pues no. En la cainita España, el que no esté completamente de acuerdo conmigo es un enemigo. En otros países, cuando no se está de acuerdo con algo se grita ¡abajo!. Aquí ¡muera! No hay matices.

El papel de la oposición parece ser, únicamente, destruir. El gobierno hace todo mal. El gobierno no tiene ideas. El gobierno miente. El gobierno roba. Todos estos exabruptos se resumen en una idea: el gobierno lo hace mal porque no somos nosotros los que gobernamos. Y eso es muy peligroso. De ahí a la idea de gobernar por la gracia de Dios, hay un paso. O, algo más actual, considerar el gobierno del Estado como un patrimonio personal y si ese gobierno no está en determinadas manos, se debe restituir inmediatamente a sus legítimos propietarios, porque se ha conseguido con malas artes.

Lo sé. A mí también me ha venido inmediatamente la idea a la cabeza: el 11 M. Y es un buen ejemplo: analicémoslo.

El 11 de marzo se produjo el atentado terrorista más sangriento de la historia de España. Y, aunque quienes cometieron el atentado fueron los terroristas, quienes tenían la obligación de evitarlo eran el Director General de la Policía, Sr. Díaz de Mera, el Subsecretario del Interior, Sr. Astarloa y el Ministro del Interior, Sr. Acebes, por no subir más arriba.

Pues bien, si yo hubiese sido cualquiera de estos señores, hubiera creído que era un inepto, hubiese tenido unos tremendos remordimientos de conciencia y me hubiese escondido debajo de mi cama para ocultar mi vergüenza. Ellos no. Ellos exhiben su arrogancia por todos los foros, mienten, se niegan a contestar al juez y proclaman a los cuatro vientos que el culpable es… Zapatero.

Afortunadamente, vivimos en una aldea global en la que nada puede permanecer oculto mucho tiempo. Se sabe todo y lo saben en todos los lugares. Cuando cualquiera puede ver vídeos de “Mina Conchita”, la mentira no dura mucho. Gracias a Internet me enteré de que éramos el único país del mundo que creía que atentado era obra de E.T.A.

Terminemos. Y, como buena historia griega, terminemos haciendo profecías, como el oráculo de Delfos.

Al gobierno la oposición, evidentemente, no le va a ayudar en su tarea. Esto le obligará a cerrarse sobre sí mismo, ya que de fuera sólo recibe palos y no intercambio de ideas. Al no poder contar con otros puntos de vista como referencia, tenderá a considerar exclusivamente el suyo, y al ser atacado sistemáticamente, tenderá a hacer una política defensiva. Pero, en compensación, gracias a esta oposición podrá eternizarse en el poder.

Para la oposición: “No comparto su opinión, pero moriría por su derecho a expresarla”. Voltaire sigue vigente aunque la actitud de la oposición no es sólo inmoral sino algo peor: es un error. Oponiéndose sistemáticamente a todo no conseguirá más poder, el gobierno no se molestará en escucharles y aburrirán a los votantes. Precisamente esta es la clave del éxito de Rosa Díez: ella vota con el cerebro, no con las vísceras, aunque también las tenga.

En resumen: Una opositón ciega e irracional lo único que conseguirá es hundir la poca confianza que tienen en el exterior de la economía española, y hacer que en el interior los españoles se pregunten si merece la pena costear un partido cuya única función es la de alegrarse ante las desgracias, como hacía Timón el Misántropo. Una actitud tan estúpida como perversa.

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