Posteado por: fernando2008 | 9 enero 2009

Las Olimpiadas.

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Últimamente los periódicos dedican mucho espacio a las Olimpiadas. Entendámonos:  No me interesan las Olimpiadas; me interesan los periódicos. Pero llega un momento que, aunque sólo sea por cansancio, no puedes evitar echar una ojeada al evento. Por supuesto no hasta el extremo de levantarme un domingo a las ocho de la mañana, por creer que el honor de España se está defendiendo en una cancha de baloncesto, pero sí leyendo algunos de los comentarios a favor o en contra de la olímpica efeméride. Veo larguísimos artículos que glosan “ad nauseam” medallas, marcas, atletas. Y otros que critican la falta de derechos humanos en China y la blandura e hipocresía del mundo occidental.
Seamos serios. Ningún país, desde el 776 a C. hasta ahora, ha hecho cesión de su soberanía para poder organizar unos juegos deportivos. Y el organizar unos juegos olímpicos no es una señal infalible de que ese país sea un estado democrático y respetuoso con los derechos humanos. Recuérdese, por ejemplo, al bondadoso demócrata que presidió la Olimpiada de 1936.
¿Qué tiene de buenos, para mí los juegos olímpicos? Que gentes de todos los países se reúnen, compiten, conviven y se dan cuenta de que el adversario no tiene rabos ni cuernos. Siempre será mejor hablar, jugar, competir, que disparar, disparar y disparar. Es muy positivo, a mi juicio, que a Atenas acudieron 202 comités olímpicos, mientras que a Pekín fueron 204.
En cuanto escribí la palabra “Atenas” me vinieron a la mente los mil y un comentarios de quienes todavía creen en la existencia de la Edad de Oro. ¡Ah, Atenas! ¡Grecia! ¡Hércules! ¡ Pélope y su carro! ¡Eso sí que eran las verdaderas Olimpiadas, con derechos humanos, atletas no profesionales que competían sólo por una corona, sin dopaje, y las ramas de olivo de la tregua universal olímpica!.
Pues tampoco. En Atenas, sólo una pequeña parte de la población (masculina, por supuesto) tenía derechos. Esa pequeña, rica y civilizadísima minoría disfrutaba de esos derechos y más, pasándose el día charlando a orillas del Iliso o paseando por los jardines del héroe Academos. Lo que ocurría es que hacían más ruido que los otros cientos de miles de personas carentes de ellos.
Con respecto a la profesionalidad, creo que Milón de Crotona fue un atleta mucho más profesional que el propio Rafa Nadal. Nació, vivió y murió por y para el deporte, y sólo en contadas ocasiones fue a clases particulares con un tal Pitágoras.
También había dopaje. Si no ¿cómo se explica que Nerón ganara mil ochocientas medallas? Aunque, en honor a la verdad, quien se dopaba no era él. Eran los jueces.
Y, por último, la paz universal, la tregua olímpica. Bajo la rama de olivo todos podían ir con absoluta libertad y seguridad a Olimpia. Entonces ¿por qué no iban los persas?.

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