Posteado por: fernando2008 | 9 enero 2009

Hay que educar a papá.

Soy profesor y padre. Sin embargo, esta doble condición no me va a impedir participar en la polémica que sacude actualmente a la enseñanza extremeña. Participar y tomar partido.
Decía Ortega, que muchas veces el escritor debe dejarse de giros retóricos y atreverse a decir “Yo opino así. Lejos de ser inflación vanidosa es todo lo contrario. Yo, y nada más que yo, mi leal conciencia individual, poca cosa pues, opina así”
Yo opino que, en los conflictos alumnos-profesores, el 99% de las veces, la razón es de los profesores. Que en los conflictos entre la policía y los ciudadanos la razón está, en el 99% de los casos, de parte de la policía. Que el 99% de los padres son personas razonables que apoyan la labor del profesorado. Y que, por último, el 99% de los alumnos respetan a sus profesores y tienen cierto interés por su formación.
¿Entonces? Pongan ustedes en ese “entonces” todos los enfrentamientos, todas las declaraciones… Todo. Entonces, debemos llegar a la conclusión de que hay una minoría de padres para los que el respeto a los demás no existe y que guían sus actos únicamente por la idea de que sus hijos tienen derecho a todo, y que los demás, profesores, alumnos, policías, ciudadanos, no tienen derecho a nada.
¿Causas de esta actitud? No las sé.  Sólo conozco las consecuencias. Y no son muy buenas, para los hijos de esos padres superprotectores.
Algunos de los que leyeron mi anterior artículo, me han dicho que mi lenguaje era “demasiado elevado”. Que no se entendía muy bien. Justo todo lo contrario de lo que pretendía. Por eso, quiero darle a este artículo un formato más asequible. El formato cinematográfico. Voy a intentar hacer el guión de una película ordenando una serie de escenas.
La película transcurre en un país muy lejano (no quiero tener problemas legales) en el que vive, feliz un joven. Un buen día, este joven decidió coger el coche de su padre y recorrer, a toda velocidad, las calles de su ciudad. El padre miraba con una sonrisa de orgullo la carrera de su hijo, sonrisa que se trocó en mueca de indignación cuando un policía, con evidente riesgo de su vida, detuvo esa carrera, salvando no sólo a varios inocentes peatones sino también la integridad física del joven-automovilista. La indignación del padre no podía estar más fundada. ¡Si mi hijo quiere conducir no necesita tener edad, tener carnet ni tener prudencia! ¡El resto del mundo lo que tiene que hacer es apartarse o sucumbir bajo las ruedas procurando, eso sí, estropear lo menos posible la carrocería!. ¡Faltaría más! Y para dar más fuerza a estos impecables argumentos, el padre procedió, acto seguido, a agredir al policía.
Nuestro joven-automovilista no puede, evidentemente, serlo todo el día. Llega un momento en que tiene que bajar del coche y convertirse en joven-peatón. Desde luego, nadie puede esperar que respete esas tonterías de semáforos y pasos cebra. ¡Él cruza por donde quiere! Y ahí se produce la tragedia. Un automovilista lo atropella, hiriéndole ligeramente. La ira del padre no conoce límites ¿Cómo es posible que el mundo no sepa que ahora su hijo se ha convertido en peatón y que los peatones son los que tienen todos los derechos y los automovilistas ninguno? Y para que la promulgación de la nueva ley sea más solemne, descerraja cuatro tiros al osado conductor. Justicia cumplida.
Nuestro joven-peatón se matricula en un Instituto, pasando a ser joven-alumno. La educación recibida en casa le impide trabar amistad con sus compañeros. ¡Esos empollones!. No puede tampoco respetar a los profesores porque, al fin y al cabo, todos tienen coches de menor cilindrada que los de su padre. ¿Qué enseñanzas, que merezcan la pena, puede recibir de personas así? Tiene pues que demostrar a toda costa que con él no puede nadie. Incumple las reglas, agrede, insulta. Sólo en la clase de religión introduce una simpática variante: en vez de insultar, blasfema. Al fin y al cabo, lo de la otra mejilla sigue vigente. El padre, denuncia indignado el hecho de que todos los compañeros del joven-alumno le tienen envidia, y todos los profesores manía.
Pasan los años y el joven-alumno sale del Instituto, convirtiéndose en joven-trabajador. El trabajo no es muy allá, porque la injusta persecución de los profesores le ha impedido obtener el título de bachiller, pero puede servir. Dispuesto a comerse el mundo, llega el primer día al tajo, y descubre con horror que el patrono le exige ¡a él! puntualidad. Reacciona según su costumbre: blasfema e insulta a todo bicho viviente. El patrono, poco acostumbrado a las rebeliones proletarias, le parte la cara.
En la última escena de la película, contemplamos al joven-parado, con la mandíbula vendada y pensando tristemente (no puede hablar) que los patronos de hoy día tienen menos aguante que profesores y policías. El padre ya no aparece. La película termina con la archiconocida frase “Bienvenidos al mundo real”.
Que cada uno saque, si quiere, sus propias conclusiones. No voy a citar estadísticas, decretos, sentencias ni nada por el estilo. Dije al principio que este artículo se limita a ser una opinión personal.
Termino. Quizás a ustedes les resulte familiar alguna de las escenas de esta película. Yo las conozco todas. Lo único que he hecho ha sido engarzarlas.

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