Posteado por: fernando2008 | 12 julio 2008

Bienvenida

Hola navegante. Ignoro qué vientos del ciberespacio te han traído a esta página.

Pero sé bienvenido.

¿De qué voy a hablar? De lo que me llame la atención y me haga reflexionar.

Fiódor Dostoievski.

 

 “Un intelectual es aquella persona para la cual los problemas políticos son, ante todo, problemas morales”.

Max Aub.

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Posteado por: fernando2008 | 10 noviembre 2018

Yo, Julia. Santiago Posteguillo.

Diuturni silenti, patres conscripti.

Marco Tulio Cicerón.

 

 

Que Santiago Posteguillo es un magnífico novelista, es algo que casi todos saben. Que es uno de los principales autores de novela histórica, también. Pero lo que puede no estar tan claro para su público, entre el que me incluyo, es que se documenta exhaustivamente antes de escribir cada novela y, lo que para mí es más de destacar, sabe elegir perfectamente el tiempo y el personaje.

El imperio romano no era un “mar violeta oscuro”, en donde se reconocían y promovían los derechos de las mujeres. En el capítulo LXIV, el autor pone en boca del senador Claudio Pompeyano un repaso a todas las emperatrices de los dos primeros siglos del imperio. Incluso define la actividad de la gran Livia, la esposa de Augusto, como “caza menor”. Livia solo quiere que su hijo Tiberio sea emperador. Bien es verdad que está dispuesta a hacer cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, para conseguir este objetivo. Pero al fin y a la postre, esto no es más que amor de madre. No hay otro cálculo, otro plan político de gran envergadura, detrás de ese amor, como lo hubo en el plan de Julia.

Julia Domna comienza su particular cursus honorum femenino con una doble desventaja: es mujer, y no es romana. Ni el mismísimo Julio César se atrevió a casarse con la extranjera Cleopatra, ni Tito lo hizo con su gran amor, Berenice. La aristocracia romana era un grupo tan orgulloso y cerrado, que incluso a Pompeyo el Grande y a Marco Tulio Cicerón los consideraban “hombres nuevos”, unos parvenus. Podéis imaginar lo que dirían de una siria que, por sus propios méritos, consigue auparse hasta el trono imperial. Las críticas debieron ser de tal magnitud que Posteguillo ha tenido que inventar varios personajes femeninos para materializarlas. Mucho después de su muerte, se siguió achacando a Julia su promiscuidad. Nadie pareció darse cuenta que una constante en la vida de nuestra protagonista fue el estar siempre al lado de su marido: en la capital de la provincia, en el palacio imperial o en los campamentos de las guerras, jamás se separó de Septimio Severo. Y Septimio no era una persona que transigiese con los devaneos de nadie.

La narración que hace el médico Galeno de la vida de Julia, empieza y acaba demasiado pronto. Apenas nos dice nada de su infancia y juventud, excepto que el amor por Septimio Severo fue fulminante, y termina cuando la pareja imperial llega al máximo de su gloria. Hay escenas líricas en el encuentro entre los esposos tras las batallas, y momentos épicos, como la magnífica descripción de la batalla de Lugdunum, el clímax de la novela. Cuando el emperador entrega a su mujer una moneda de oro con la efigie de Julia, parece que nuestra protagonista ha alcanzado la cima.

Y efectivamente, ha alcanzado la cima, por lo que a partir de entonces no hará más que caer, hasta terminar suicidándose en Antioquía. Por eso Galeno, con muy buen juicio, cuenta los capítulos de la vida de Julia no en función de sus años, sino en función de sus enemigos. Los cuatro primeros conseguirá vencerlos, los demás, entre ellos Plauciano, el malo de la novela, terminarán venciéndola y apartándola del amor de su marido. Retirada de la vida pública, y dedicada al estudio de la filosofía y la medicina con su inseparable Galeno, volverá a la escena pública gracias a su hijo Caracalla, consiguiendo el título más glorioso dado jamás a una mujer en Roma: Iulia pia felix Augusta mater Augusti nostri et castrorum et senatus et patriae.

Cuando subáis al Capitolio, y miréis desde arriba el arco triunfal de Septimio Severo pensad, como estoy pensando yo en esta fotografía, que detrás de un gran hombre, por muy emperador victorioso de Roma que sea, siempre hay una gran mujer.

 

Posteado por: fernando2008 | 8 abril 2018

Puri Teruel. Los días se suceden.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Yo que siempre me afano y me desvelo/ por parecer que tengo de poeta/ la gracia que no quiso darme el cielo/”, decíamos Cervantes y yo. Cervantes mentía; solo hay que leer su obra La Numancia para darse cuenta que era un magnífico poeta. Yo, digo la verdad. Entre mis méritos no está el de ser poeta. Los pocos poemas que he escrito han sido todos burlescos, y la poesía no ha sido nunca mi lectura favorita.

Quizás ahora, por estar más sensible de lo que he estado nunca, y por haber conocido a Puri, ese problema que tenía con la poesía se ha atenuado un poco. Solo un poco. He leído su libro, su ópera prima, y me ha impresionado. Por eso, voy a compartir mis impresiones con vosotros.

La primera de éstas, es que Puri es una poeta triste (la llamo “poeta” porque a ella no le gusta la palabra “poetisa”). E inmediatamente, buscamos la raíz de su tristeza en una vida desgraciada. Error. Puri explica este hecho en un poema magnífico, poema con el que abro este comentario. La tristeza no proviene de ella, de su vida, de su familia. La tristeza proviene la mirada que lanza al mundo que le rodea, del dolor de ese mundo. Y tiene razón. Hay muchos motivos de tristeza para una mujer en el mundo que nos ha tocado vivir. “Hay poemas que, al escribirlos, un hilillo de sangre se desliza por el borde de sus líneas”.

Pero nuestra protagonista no se queda en su tristeza. Es una luchadora, aunque ella misma confiese que “lo más peligroso que he hecho en mi vida, ha sido mezclar la ropa blanca con la ropa de color”. Sus poemas no son meros ejercicios retóricos, o ensimismamientos en una tristeza estéril. Sus poemas “nos abren los ojos para mostrarnos el hedor del mundo”.

“Ha llegado la hora de gritar alto, ¡bien alto! mujer, tu nombre bien alto. Que nadie patee tu sombra, mujer, ¡ni tu sombra!” es un poema con el que todos debiéramos estar de acuerdo. No ya por justicia, sino incluso por utilidad. Una especie no puede condenar a la improductividad al cincuenta y uno por ciento de sus cerebros, para beneficio y comodidad del otro cuarenta y nueve. El único argumento a favor de esta monstruosa injusticia es el de que así ha sido siempre, más o menos endulzado con la coletilla de los distintos roles del hombre y de la mujer, roles que se desmoronan en cuanto se analizan, aunque sea someramente. En la Prehistoria, la mujer era cazadora como el hombre, e incluso fue superior a él, porque fue la inventora de la agricultura. Pero cuando el culto a la Gran Madre decayó, sustituido a sangre y fuego por el culto del dios masculino, las mujeres iniciaron un largo y doloroso camino hacia la inferioridad, camino que todavía hoy algunos intentan que sigan recorriendo. Contra esta inercia lucha este libro.

“A las mujeres que yo conozco les robaron el chocolate caliente de los sábados. Les negaron la entrada al paraíso (…) Ellas se levantan por la mañana y con sus pechos encienden el mundo. Están por todas partes: en las tiendas de ultramarinos, en las paradas de los autobuses, en las cocinas cloacas de algún bar de carretera, en la sala de espera de cualquier hospital, en el metro, en sus casas cocinando las tristezas”. Y estas mujeres, que están por todas partes, que con sus pechos encienden el mundo, no pueden ser subyugadas, sometidas, discriminadas y ninguneadas ni un momento más. Es contra esto contra lo que lucha Puri, en Los días se suceden que si bien es de poemas, es un libro profundamente revolucionario.

Porque la próxima revolución será feminista, o no será.

Posteado por: fernando2008 | 22 diciembre 2017

Javier Sierra. El fuego invisible.

Desde que el hombre levantó por primera vez su mirada al cielo en una noche estrellada, siempre hemos tenido el deseo de la trascendencia, del más allá, de lo misterioso, de lo maravilloso. Y esforzándose en asir lo inasible inventó algunas explicaciones, unas absurdas, otras poéticas y todas disparatadas.

“Como es arriba es abajo, y como es abajo es arriba”, pontificaba ese autor al que llamamos Hermes Trismegisto. Y esta idea nos da, entre otras cosas, los signos del Zodíaco, signos que marcarán inapelablemente nuestra forma de ser. No importa que en la realidad las figuras del zodíaco fueron figuras mnemotécnicas inventadas para que los astrónomos de la antigüedad pudiesen clasificar, a ojo desnudo, las constelaciones. No importa que en el cielo no haya osas, o centauros lanzando flechas o leones. Si has nacido cuando el sol entra en Leo, serás fuerte, apasionado, ambicioso. No importa que, en la realidad, el Sol está en el centro del sistema solar y es la Tierra la que se mueve, entrando o saliendo.

Pues con el Grial pasa lo mismo. Nadie en su sano juicio puede imaginar que se coja un vaso de la vajilla de una mesa, que ha servido para una cena, que aunque sea la Última Cena no podía ser de oro y diamantes, (Indiana Jones dirá con mucho acierto que el cuenco de madera debería ser el vaso de un carpintero) y se use para recoger sangre de un reo ajusticiado. Pensemos que Cristo era judío, sus apóstoles eran judíos, judíos respetuosos con la ley de Moisés para los cuales la impureza era un tabú. Y el mayor productor de impureza para los judíos era la muerte. Si un judío recibía sobre su cuerpo la sombra de un cadáver, quedaba impuro por siete días. Ningún judío tomaría la sangre de un cadáver y la guardaría en un vaso. Ni siquiera la sangre de Cristo.

Claro que el Grial podía ser también una piedra caída de la frente de Lucifer. Pero, en este caso, yo me mantendría lejos de esa reliquia.

Javier Sierra ha resucitado, una vez más, el mito del Grial. La trama era previsible. Una búsqueda de la reliquia, tomando las pistas en el románico pirenaico, perseguidos los protagonistas por criaturas demoníacas. Nada que objetar. El mito del Grial da para eso y mucho más. Pero, lo que pongo en duda, es la interpretación histórica y artísticas de esas pistas.

En primer lugar, el Crismón. No es cierto que el crismón de Jaca tenga un significado esotérico. La “Xi” y la “Ro”, monograma del nombre de Cristo, cuando se hace esta catedral habían perdido su significación original. La “ro”, para aquellos que no saben griego, y pocos lo sabían entonces, era la “P”, que imaginaron significaría “Padre”. La “xi” sería Xristo. Faltaba pues la tercera Persona de la Trinidad, por lo que añadieron la “S” de Espíritu Santo. Ya estaba la Trinidad completa. No es pues un mensaje griálico. Es un error producto de la ignorancia.

Y, efectivamente, en el Santo Cáliz de la catedral de Valencia, hay un inscripción en escritura cúfica que pone “La brillante”. Pero no tiene nada que ver con el Grial. Simplemente que el cuenco fue fabricado en “La Brillante” Es decir, Medina Azahara. La historia de por qué la parte de abajo del Santo Cáliz está fabricado en Medina Azahara es algo que nadie ha podido explicar. También podría dar argumento a una novela, pero no una explicación histórica.

Los premios Planeta ya no son lo que eran.

Posteado por: fernando2008 | 10 diciembre 2017

Eduardo Dávila. La senda de la estampida.

 

Siempre he tenido a gala ser un lector omnívoro. Gracias a esta cualidad me he sentido chasqueado cuando autores de renombre han escrito bodrios y cuando autores noveles me han sorprendido gratamente con su opera prima. Como, por ejemplo, La senda de la estampida de Eduardo Dávila.

Confieso que no conozco a Eduardo y que ésta es la primera obra que leo de él. Ignoro si tiene más, si ha seguido escribiendo. Si no lo hace, sería una gran lástima.

Una novela policiaca que se precie, debe atender a muchas cosas. En primer lugar, su localización, el escenario donde se desarrolla. Y el escenario, los espectaculares paisajes de Alaska, están perfectamente conseguidos. Desde las montañas cubiertas de nieve, al autobús abandonado y los bares de carretera aparecen bajo la pluma de este autor no solo como reales, sino también como auténticos. Como si Eduardo hubiese pateado todos y cada uno de los lugares que describe. Como si los hubiese vivido y, lo más importante, como si nosotros los recorriésemos junto a él. Nos hace conocerlos al detalle.

En segundo lugar, hay que caracterizar a los personajes. El agente del FBI con un pasado que le atormenta, al que solo su pericia ha permitido seguir en el cuerpo, pero que ha sido relegado desde el soleado San Francisco a la helada Alaska; su compañero, buen padre y mejor persona, que siempre se lleva la peor parte; los dos compañeros de refuerzo, que llegan al helado escenario con traje y mocasines mandados por una jefa distante y lejana. Y los agentes de la policía local, siempre puntillosos por el problema de la jurisdicción, aunque ese prurito esconda otras razones menos honradas. El jefe de la policía ni hace ni deja hacer, no sabemos si por indolencia o por complicidad. Y la agente protagonista terminará dando un giro inesperado a su actuación.

 Otro de los personajes que intervendrá en el drama es el clima. La acción en algunos momento es paralizada por los elementos meteorológicos. No importa que la investigación deba tomar un camino y deba tomarlo rápidamente. Cuando llega la ventisca apenas se podrá recorrer unos pasos hasta llegar al autobús abandonado. Y ya dentro de él, hay que esperar. No queda otra opción. Bueno, queda la opción de salir, pero es la opción más arriesgada.

Alguien dijo que la novela policiaca es una muestra actual de la lucha de la hybris y la sofrosine. La hybris, la soberbia, la falta de mesura, hace que se cometa uno o varios asesinatos. Con esto, el orden del cosmos queda dañado, y solo la acción del investigador que resuelve el crimen permite restaurar ese orden y conseguir la sofrosine, la mesura, el justo equilibrio. Pero incluso en este esquema se ve la genialidad del autor: la hybris hace que se cometan varios crímenes y la sofrosine se restaura. Pero no totalmente. Queda un resquicio para la humanidad, para el culpable que no lo es del todo y que, por lo tanto, no es castigado.

Como podéis ver por la reseña, no quiero entrar en el argumento. Leed la novela y os enteraréis. Merece la pena.

Yo, desde luego, pienso seguir las publicaciones de Eduardo Dávila. Si con su primera novela llega a esta altura, merecerá la pena.

Posteado por: fernando2008 | 13 octubre 2017

Cataluña

El 11 de septiembre de 1977 estuve en la plaza de san Jaime para recibir a José Tarradellas, con una bandera del P.S.U.C. y gritando: “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía”. Previamente, me había comprado una gramática, un diccionario de catalán y una cinta de magnetofón para aprenderme “Els segadors”. Internacionalismo proletario.

¡Cómo ha cambiado el cuento! Al menos en lo que a mí respecta. Primero fue el hecho diferencial, hecho que, según Albert Boadella se reduce a sentirse superiores a los demás. Lógico. En toda la historia universal, jamás,  jamás, ningún grupo humano ha confesado sentirse inferior a los demás. Si te sientes diferente es porque te sientes superior, aunque esa superioridad no tenga una explicación racional. La única que apunta el señor Junqueras es que los catalanes son genéticamente más afines a los franceses que a los españoles. El hecho de que los antepasados del señor Junqueras provengan del pueblo extremeño de Esparragalejo, parece no contar. La genética para los nacionalistas siempre se ha basado en profundos misterios de fe. El hecho de que Hitler no fuese alemán, Napoleón no fuese francés y Stalin no fuese ruso es, simplemente, una simpática anécdota. O que los fervores nacionalistas tienen siempre algo más detrás de ellos.

La burguesía catalana inventó el nacionalismo para luchar contra el internacionalismo proletario, sin cuestionar jamás el régimen del que sacaban provecho. Así, Francesc Cambó fue monárquico, Lluís Companys fue republicano, Juan Antonio Samaranch fue franquista, Jordi Pujol y Artur Más, nacionalistas, y Carles Puigdemont independentista. Recuerdo la anécdota de un cámara de cine que filmó el entierro de Durruti y la entrada de las tropas franquistas en Barcelona y al comparar las dos películas decía escandalizado: “¡Son los mismos! ¡Exactamente los mismos!”

Me temo que ésta es la verdadera historia, no ese patético relato digno de una “Antología del disparate”, si no fuese por el triste hecho de que la Generalitat lo ha financiado y el P.P. y el P.S.O.E. consentido a cambio de un puñado de votos. Los ejemplos de ese desatino me hacen enrojecer de rabia y no voy a publicarlos una vez más. Solo diré que John Elliott, un historiador de reconocido prestigio, constató horrorizado que los universitarios catalanes creen firmemente que en 1936 hubo una guerra de toda España contra Cataluña. Con una historia así, se comprende que la gente se crea que la Unión Europea acogerá a Cataluña con los brazos abiertos. Supongo que los corsos, los valones, los padanos estarán ansiosos por darle también la bienvenida y comenzar sus fiestas particulares. O creerse las palabras de Más de que las empresas y los bancos no abandonarán Cataluña. Solo 250 empresas al día. O que los Mozos de Escuadra son dulces hermanitas de la Caridad cuando cargan, en comparación con la Policía Nacional. O que la esperanza media de vida aumentará en Cataluña con la independencia.

En el otro lado, tenemos al presidente Rajoy, brioso defensor de la Constitución, menos cuando permite que se cambie en un fin de semana para defender a los bancos. Adalid del artículo 2, pero al que el 35 y el 47 no le inquieta lo más mínimo. Guardián del estado de derecho, al que machaca con el mismo martillo con el que machacó los discos duros de Bárcenas. El que establece que todo debe hacerse dentro de la ley, desde un despacho construido con dinero negro, con todos los tesoreros de su partido imputados, y que ha conseguido su cargo gracias a unas elecciones manipuladas por el dinero que las empresas le han donado a cambio de favores con el dinero de todos. El partido más corrupto de Europa, dando lecciones de legalidad. La anécdota de que el empresario que ha puesto una bandera enorme en un edificio, debe más de cien millones a Hacienda, es muy ilustrativa. Banderas tapando corrupción.

Pero no es esto de lo que quiero hablaros hoy. Hoy quiero hablaros del odio. Patriotismo es, en palabras de De Gaulle, el amar a su país. Nacionalismo es odiar a los demás países, países que son inferiores al mío por la sencilla razón que yo nací en él y, por lo tanto, el mío es superior a todos. Los que no quieran aceptar esta sencilla razón, deben ser exterminados. Y ya adelanto que los demás países no la van a aceptar, porque ellos también piensan que son superiores. Comienza el espectáculo.

La república catalana será un oasis de paz, trabajo y riqueza, donde las empresas y los unicornios pacerán con toda tranquilidad, bajo la benévola mirada de Europa. No entienden que alguien se pueda oponer a esa Edad de Oro. ¡Votar nunca puede ser delito! Efectivamente. Tampoco puede ser delito hacer el amor, si los dos quieren. Si uno no quiere ya es violación y por lo tanto delito. Recuerdo una entrevista que Jordi Évole hizo a un mando de los Mozos de Escuadra. Cuando Évole le reprochó que los Mozos hubiesen cargado contra una manifestación pacífica el mando respondió: “En el momento que nosotros les decimos que abandonen el lugar, y no lo hacen, ya no es una manifestación pacífica. Están haciendo resistencia a la policía”. Nuevamente, el cuento cambia según quien lo cuente. Pero, lo cuente quien lo cuente, lo cierto es que una parte de la población catalana no está dispuesta a abandonar la idea de la independencia, pase lo que pase, y diga España lo que diga.

En el otro lado está España, una realidad ilusionada e ilusionante, que no admitirá jamás que se quiebre su unidad. Esa unidad está en la Constitución, y por ella, si es necesario, intervendrá el ejército. ¡Lástima que el ejército no defienda también el derecho a un trabajo y a una vivienda digna! Eso también está en la Constitución, pero a nadie parece importarle. Nos escandalizamos de que los independentistas catalanes incumplan sus propias leyes, mientras nosotros incumplimos las nuestras. Es muy bonito ver a Barcelona lleno de banderas españolas, pero la bandera suiza impera en nuestra economía. Bruselas apoya la unidad de España. Hay que gritarlo a los cuatro vientos. Pero cuando Bruselas critica la corrupción en España nadie se entera.

El estado español nunca aceptará negociar de tú a tú con el presidente de una comunidad autónoma española. La Unión Europea apoya la unidad de España, porque si hiciera otra cosa Europa se partiría en un montón de mini estados. Las empresas no aceptarán una inseguridad legal, ni quedar fuera del euro, y se irán de Cataluña. Pero Cataluña no aceptará a su vez todo esto y seguirá con su deseo de independencia.

No soy equidistante. Soy realista. No veo en el futuro ni una Cataluña independiente, ni una España unida. Solo veo, ojalá me equivoque, una cosa.

El Ulster.

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